A decir verdad, el idilio olímpico de China había durado lo suficiente, incluso lo impensado. Baste ya: el mundo ha sido cómplice de las tropelías del siempre sospechoso gobierno chino y sus prácticas inhumanas. Desde que anunciaron que China iba a organizar los Juegos Olímpicos de 2008 pensé que había sido un error. Sabemos lo suficiente: ese país atenta a menudo con la libertad de expresión, persigue a sus escritores como si fueran terroristas y censuran Google para ocultar las imágenes humillantes de la plaza de Tiananmen.
¿Es correcto llevar un evento tan importante a un país que atenta contra el espíritu milenario del certamen que nació en Grecia? Es conocido por todos que China ha mantenido una relación hostil con el Tíbet y que si fuera por ellos ya hubieran convertido esas montañas místicas en mero paisaje estéril. Un error ideológico tan básico fue minimizado por la organización olímpica al consentir las facilidades económicas que China ofrece, como si hubieran pensando que el conflicto religioso-comunista se resolvería con la antorcha.
Los juegos se harán, sin duda, pero no quiero imaginar los costos humanos que vendrán. Hemos visto que los soldados chinos son capaces de asesinar rapazmente a un monje desarmado, en nombre de la colectividad. No seamos condescendientes: China pretende ocultar su fascismo histórico con su marketing olímpico. Afortunadamente, la cobertura ha sido insistente y cada vez más China muestra su lado torcido, su faz totalitaria. Es lamentable que se haya ignorado o subestimado: ahora el comisionado olímpico ha reconocido que hay una crisis, después de varios años de miopía, falta de tacto y desinterés.
No es la primera vez que ha ocurrido: desde Munich hasta el boicot de Los Angeles por la guerra fría. El Dalai Lama declaró que China merece organizar los Juegos a pesar de la represión encarnizada, aunque algunos atletas se han negado a asistir. Los tiempos han cambiado y en plena efervescencia de Internet es imposible ocultar las atrocidades y las prácticas violentas de disuasión. Llevar la llama de Olimpia a la misma entraña de Beijing es una ironía del lujo burgués propio de una novela de Ha Jin.









