Dino

Raskolnikoviano



Vieja: devuélvame el hacha. Sé que esto le parecerá una petición fuera de lugar después de tanto tiempo de lo que se supone fue un crimen. Usted sabe bien que merecía morir y que yo estaba en todo mi derecho cósmico de cumplir con el hado sangriento del asesinato. Lo siento por Lisbeth, su bondadosa hermana, pero no tenía opción.

No quiero que crea que escribo esto como un acto de conciencia: quiero mi hacha de vuelta. Aquí en Siberia, donde me han traído para “expiar” mis culpas, el frío me ha hecho pensar en el hacha y en lo injusto que sería que usted se la quedara. Es verdad que me siento solo y que la compañía del instrumento con el que la partí me vendría bien como una conquista filosófica…


Pero qué ha de saber usted de cosas abstractas, anciana usurera, llagada y pestífera. Compadezco a los gusanos que tendrán la necesidad de alimentarse con su carne putrefacta. Usted nomás sabe de estafas, de dinero y de torturar a las personas que no tienen nada. Por eso no me arrepiento de lo que hice. Muy al contrario.


Lo único que lamento es haber olvidado dónde dejé el hacha. Como todos sabemos que es una vieja ladrona, he supuesto que me la ha robado para de alguna manera vengarse de mí. Si es así, ojalá que los demonios se la arrebaten de sus momificadas manos de bruja y la vuelvan a matar con ella.


Exijo que antes de que eso ocurra, me regrese lo que es mío. Si me hubiera hurtado los libros de derecho o algunas monedas no habría tanto rencor en mis palabras. ¡Pero es mi hacha! ¿Entiende el posesivo? ¡Puta vieja! ¡Acomódese el arma homicida en cualquier parte de su anatomía si es que no la recibo de vuelta!


Con sincera rabia firmo este billete…

R. R. R.

La línea que divide a Corea



La película que lanzó al estrellato al magnífico cineasta Chan-Wook Park me ha sorprendido agradablemente. Joint Security Area (2000) es la historia de cuatro soldados de guardia en la línea divisoria entre Corea del Norte y Corea del Sur, dos de cada lado que terminan entablando una secreta amistad. Lo peor ocurre: uno de ellos es asesinado en la caseta del Norte con lo que se desatan las hostilidades. Para evitar la guerra, agentes neutrales son enviados para resolver la contingencia.


Aunque gran parte del film se enfoca al desarrollo de esta amistad furtiva, sólo sirve de marco para comprender las escenas iniciales donde somos testigos del crimen y de la aparición de la agente asignada realizando las pesquisas. Es una verdadera delicia ver cómo este director mezcla, separa y une las imágenes de sus filmes que aparentemente son caóticas e insignificantes. Es claro que es una habilidad difícil de copiar cuando no se sabe que la cámara es un elemento al servicio de la narrativa y que, más allá de mostrar, debe establecer una atmosfera que sensibilice al espectador.


Por ello, uno esperaría el fácil artificio de que los coreanos del norte son malvados, mientras que los del lado capitalista son heroicos. Nada más equivocado. Park establece que sus personajes principales están más allá de las ideologías, incluso la guerra termina siendo tan absurda que resulta necesaria para mantener la amistad. Una historia pendular: por un lado conmueve hondamente el desenlace de los protagonistas, tan complejos y ambiguos como gustan a Park; por otro, es un film sumamente deprimente, dominado por la sinrazón de un mundo violento que termina por transformar a las personas en contra de su voluntad y creencias.


Park ha desarrollado un universo particular efectivo e impactante en virtud de su coherencia y su limpieza estilística y ética. Lo que aplaudo y admiro es su patente pasión por contar historias; también agrada que nunca olvida ni subestima a sus espectadores. A diferencia de la mayoría del cine de “arte” europeo que cubre su reticencia de narrar con parafernalia visual vacua, o con el bobo cine hollywoodense que piensa que todos somos norteamericanos o que desestima la inteligencia de la audiencia, el cine de Park (o el de Bong Joon-ho) no teme desafiarnos y ahondar en relatos espinosos o incorrectamente políticos: si ya han visto Joint Security Area lo entenderán si recuerdan la última imagen poética y estática de la cinta que nos devuelve un sentido que creíamos extraviado. Pero, amargamente, sólo agudizará la sensación de que la desesperanza nos encajona en un rincón violento de nuestro absurdo planeta.

3:10 To Yuma


La nueva versión del clásico western 3:10 To Yuma, dirigido en 1957 por Delmer Daves, me ha sorprendido. A juzgar por los afiches promocionales pensé que sería un largometraje pretensioso, y a decir por el actor principal, Russell Crowe, deduje que sería un desastre. La verdad es que Christian Bale, que encarna a un granjero con problemas económicos y hondos conflictos familiares, hace una magnífica mancuerna con Crowe y, además, le roba por mucho el protagónico.

La historia cuenta cómo es que Ben Wade (Crowe), un bandido peligrosísimo es capturado y es remitido a la prisión de Yuma. Dan Evans (Bale), necesitado de la recompensa que se ofrece por escoltar al mercenario, decide trasladar a Wade al tren que sale para Yuma a las 3:10 pm. Como se puede adivinar, la misión es arriesgada puesto que la banda de Wade le pisa los talones a la diligencia enviada para subirlo al tren.


Aunque se puede pensar que la aventura emprendida por el granjero se debe a pruritos económicos, descubrimos que los motivos psicológicos son más persuasivos: una esposa desesperanzada, unos hijos escépticos que le recuerdan siempre su cobardía y su pasividad ante los prepotentes administradores del pueblo que le cortan el agua y le queman el establo por una deuda no saldada. En un momento del film, la familia conoce a Wade y los hijos, ante la figura legendaria, casi terminan por admirar al pistolero.


A final de cuentas, la historia desarrolla inteligentemente la transformación de los dos protagonistas. Aunque a veces parece que cae en el maniqueísmo, la narración se resuelve, como toda buena película del género del viejo oeste, bajo el signo de la ambigüedad. Una adecuada formulación de lo indistinguible que llega ser el bien del mal; una delicada visión de la sobrevivencia humana en un mundo hostil y una meditación sobre si la moral y el sentido de justicia son conceptos inmutables e innatos.


Es una cinta que ahonda en el dilema del sacrificio o la comodidad de la aceptación de las cosas tal y como son. Una deliberación sobre si hay alguna humanidad o motivación existencial en los hombres amorales. Sin duda estamos ante una película quizá no prodigiosa, pero que cumple excepcionalmente con la resolución, el ritmo, las actuaciones y los escenarios. Una buena opción para estos días en que debemos cavilar sobre los principios que nos definen como seres humanos.

Arthur C. Clarke, de menos...


Este 19 de marzo nos dejó el gran divulgador científico y escritor de ciencia ficción. Arthur C. Clarke había cumplido 90 años en diciembre. Otra mente privilegiada que nos dice adiós, pero afortunadamente nos ha heredado una vasta e inteligente obra. Les dejo una entrevista del año pasado, muy interesante. También pongo la fuente para que la lean completa. Descanse en paz.

"La colonización del espacio es el próximo paso lógico en nuestra evolución como especie. Es el gran paso sucesivo al que condujo a nuestros antepasados, cuando eran peces, a salir del mar y asentarse en tierra firme. Imagine un pez tradicionalista que, hace mil millones de años, decía a sus parientes anfibios: ‘la vida sobre tierra firme no tiene nada que ver con la marina. Nosotros estamos bien aquí donde estamos’. Eso fue lo que hicieron los peces y siguen siendo peces. Nuestros descendientes que vivirán en la Luna o en Marte, ciertamente visitarán la Tierra de vez en cuando, con sus trajes especiales para soportar la tremenda gravedad de la tierra y sus máscaras antigás para filtrar los innumerables malos olores que nuestro planeta aprendió a generar durante su larga historia de millones de años. Pero no creo que quieran vivir en la tierra permanentemente".

Lean la entrevista en el Mundo.es.

Calentamiento global


Cuando una persona se atreve a dudar de la teoría dominante del calentamiento global, resulta curiosa la forma de coacción moral con la que se le reprende, máxime si es un científico, intelectual, jefe de estado o representante gubernamental. No queda de otra: es un cómplice del mal, de las grandes industrias responsables de los trastornos climáticos y del fin del mundo. La tesis, que ya es una ortodoxia, explica que las emisiones de CO2 son las causantes del desajuste en los ciclos de la naturaleza: reubicación de las lluvias, sequías e inundaciones; deshielo de los cascos polares, incremento del nivel del mar; huracanes más devastadores y constantes; escasez de agua y enfermedades, desaparición de especies; entre otros, son cosas que ya son habituales escuchar no sin un tono de alarma. La invasión paranoica, que bien han adoptado los medios de comunicación, no es distinta a la amenaza de guerra nuclear en la guerra fría, a la contingencia de la capa de ozono ni a las visiones de desastre profetizadas para el 2000 (aderezada con la estupidez del caos informático del ficticio Y2K).

Sabemos perfectamente que el arquetipo del final de los tiempos es parte connatural de nuestras culturas, y que se manifiesta bajo distintos enfoques dependiendo de la época. Hoy en día dicho modelo aparece definido bajo la fobia del calentamiento global. A la caída de los metarrelatos y de su finalidad histórica, y por sobre todo a la disipación del movimiento comunista ante el paradigma capitalista, el contrapeso y énfasis se puso en el surgimiento del ecologismo entendido como activismo en contra del monopolio de la industrialización. Ante la imposibilidad de apegarse a la vieja moda de la guerra fría, donde la división entre “buenos” y “malos” se podía establecer desde cualquier punto vista ideológico, el intelectual creó un nuevo campo para transferir dicha dicotomía y así legitimar su luchar contra los poderoso y, de paso, salvar el mundo y a la humanidad, como un superhéroe de Hollywood. Ante tal misión teleológica, toda opinión, disidencia o sospecha resulta descabellada, maliciosa e impertinente.

Por ello, es tan fácil pasar de una postura científica y lógica a una moral y sensible. Es la vieja lucha entre ciencia y religión, entre lógica y arquetipos. Los prototipos, para variar el nombre jungiano, pasan por sobre el pensamiento racional en cualquier tiempo, en cualquier lugar. Añada a ello la romantización que da la epistemología de Hollywood, con héroes que salvan el día de todos y que dramatizan el mundo aburrido en el que vivimos y que debemos aceptar a diario. Y además, a falta de un sentido, de una finalidad más allá del progreso, el cambio climático ha dado el cuadro perfecto a todos aquellos activistas que quedaron a la intemperie después de la caída del muro de Berlín. Por ello ha encontrado hostilidad y rechazo la postura contraria a la hipótesis reinante del CO2, que aduce que la actividad solar es la responsable en alto porcentaje de las alteraciones. Si usted busca una teoría global y holista, como está de moda, nada más convincente que el modelo de la cosmoclimatología, que supera en virtud de la de falsación (acuñado por Kart Popper) a la limitada conjetura de los gases de efecto invernadero.

Entendido que el debate ha pasado el umbral de la lógica y es dominio de la imaginería apocalíptica, contradecir la teoría del CO2 no equivale a negar que exista daño a los recursos que se van agotando, sino a pensar que nos estamos olvidando de las propiedades de todo sistema complejo. Nuestra sociedad narcisista, pulcra y escandalizada, no asimila aún que el planeta Tierra no es el centro del cosmos y que somos solo una partícula de polvo en contra del fondo del universo. El sol ocupa el 99.98% de la masa del sistema solar. Las emisiones de gases invernadero, en comparación a la influencia solar, es una nimiedad. Un estudio publicado por el National Geographic explica que las tormentas solares han propiciado que Marte tenga su propio fenómeno térmico. Estas investigaciones se dan bajo la premisa científica de que la explicación más sencilla es la correcta, y han explorado la posibilidad de la influencia del sol, ya que además de su gran masa, el astro es responsable directo de la regulación de la vida en nuestro planeta. Tras estas publicaciones no han parado de criticar a los científicos más que a los contenidos de sus trabajos, los cuales se ven bajo la lupa hiperbólica de la conspiración mundial.

Si pensamos bien, veremos que el asunto desafía al pensamiento científico, pero nomás. La teoría de la termodinámica explica que un sistema tiende a descomponerse, es decir, a desordenarse y ha reorganizarse. La relojería geológica de la Tierra tiene sus ciclos, procesos y ajustes independientes a los tiempos de nuestra especie. Ha habido numerosos cambios en el clima, desaparición y aparición de formas de vida. La misma sociedad nació presionada por las variantes de la naturaleza. Hoy en día el problema se reduce a la confrontación de fondo entre civilización y naturaleza. Lo que desparecerá será nuestra forma vida, no el planeta. El universo, desprovisto de sentimientos o psicología, es humanizado bajo la campaña ecologista de “salvemos al mundo” o la teoría de Gaia, que ve al ecosistema como un ser viviente, como si su sustancia fuera inmutable. La Tierra, como sistema entrópico, genera sus propios ajustes, independiente o a pesar de nuestra influencia. No hay que olvidar el calentamiento en la Edad Media, o las glaciaciones, o las bajas temperaturas entre 1940 y 1975, cuando se presentaron fuertes emisiones de CO2.

Las alteraciones del sistema Tierra, además, dependen de factores locales (posición en el planeta, época del año, viento, humedad) y externos (rayos cósmicos, posición de órbita, actividad del sol). Se sabe desde la termodinámica, de nuevo, que todo sistema está bajo la influencia de distintos factores que lo alteran o lo modifican, pero no lo destruyen. La mayor falacia de la hipótesis que ve a los gases de efecto invernadero como responsables del calentamiento global es que estima que si se controlan las emisiones de CO2 se regula el clima, como una fórmula mágica. Se sabe incluso que hubieron épocas donde hubo más acumulación de CO2 que hoy en día y que no fueron acompañados de un cambio climático. Pero desde los atractores de Lorentz, profetizar y aun controlar el clima es una de las tareas más quiméricas del medio científico. Lorentz explicaba que sólo se pueden obtener probabilidades, un gran número de ellas, sobre el comportamiento meteorológico y que dentro de ese rango nada se puede saber, como el comportamiento de los electrones de la física cuántica.

Si uno ignora la influencia de las tormentas solares, su alteración de campos magnéticos, o subestima el papel de las corrientes marinas y la mezcla de aguas frías y térmicas, o la salinidad de las aguas, o el complejo sistema de los vientos de ultramar, incluso el ciclo natural de expansión y contracción de los cascos polares (de ahí el derretimiento), así como la inclinación de la Tierra y sus órbitas, entre otros factores, como, claro, la contaminación, estamos más que perdidos en el mapa de las probabilidades. Tampoco se trataría de sumar estos elementos, ni restarlos, para obtener la panacea del buen clima. Son, como dije, equilibrios que dependen de una incalculable cantidad de interacciones que no necesariamente producen efectos previsibles, como el aleteo de la mariposa, sino un sinnúmero de probabilidades, incluso contradictorias, que pueden ocurrir.

No es que niegue que no haya un cambio climático, sino que dudo bastante, bajo mis legos conocimientos del fenómeno, que se pueda controlar el medio ambiente si se suprime un elemento de la ecuación (el CO2), como si fuera una receta alquímica. Lo que es verdad es que lo apocalíptico vende. Los medios se benefician e incluso, como se menciona en el documental Great Global Warming Swindle, contestación al sobrepublicitado An Inconvenient Truth de Al Gore, los científicos necesitan que haya un problema para que haya flujo de dinero hacia sus investigaciones e institutos. Lo cierto es que hemos sobrevivido a muchos apocalipsis: a la amenaza nuclear, al ozono, al año 2000 y, pronto, al calentamiento global. Pero una nueva amenaza ya se prepara en la caverna de los arquetipos y la publicidad escandalosa: la venida de Apophis, el asteroide 99942, que para el año 2029 nos visitará, pero que promete golpearnos para el 2036. Antes de ello queda una brecha que habrá que colmar. Quizás nos entretengamos para el 2015 con la obsesión de una nueva era glacial que siempre sobreviene después de un fenómeno térmico. En el documental Megafreezer, del History Channel, se plantea la posibilidad, con pruebas históricas, de que la nueva moda, tras el pasaje del calentamiento global, será la de una glaciación. Lo que me queda claro es que nos gusta adherir a nuestra perspectiva una buena dosis cinematográfica con lo que filtramos los eventos del mundo. Eso nos ayuda a dividir el complejo espectro social en “buenos” y “malos” sin cargo de conciencia, como si estuviéramos en una película de Marvel.

Pero veamos bien: si me subo a una bicicleta y dejo de lado mi auto maléfico, estaré sintiéndome mejor conmigo mismo porque, por un lado, lucho contra los supervillanos de las corporaciones que contaminan de más sólo por avaricia, ayudo a desarticular su conspiración para destruirnos, al tiempo que contribuyo a salvar a la humanidad; coartada perfecta para ignorar que en verdad no me preocupan otros asuntos, como la guerra o la injusticias locales, como la pobreza, la hambruna, el desarrollo en los países en vías, o los abusos contra los que son diferentes. Tal vez mi vecino sufra de discriminación sexual en su trabajo y ni me he enterado porque no me incumbe o simplemente no me interesa, puesto que estoy bastante ocupado salvando al mundo. Así, con esta nueva moralidad, narcisista y mesiánica, usted pasa de ser un pobre ciudadano, culpable de haber producido una crisis del clima mundial con la polución que origina (pero por necesidad, no por avaricia), a un redentor que sacrifica un poco de sus comodidades en nombre del futuro, en un mundo donde hay que derrotar a los “malos”.