
Cuando una persona se atreve a dudar de la teoría dominante del calentamiento global, resulta curiosa la forma de coacción moral con la que se le reprende, máxime si es un científico, intelectual, jefe de estado o representante gubernamental. No queda de otra: es un cómplice del mal, de las grandes industrias responsables de los trastornos climáticos y del fin del mundo. La tesis, que ya es una ortodoxia, explica que las emisiones de CO2 son las causantes del desajuste en los ciclos de la naturaleza: reubicación de las lluvias, sequías e inundaciones; deshielo de los cascos polares, incremento del nivel del mar; huracanes más devastadores y constantes; escasez de agua y enfermedades, desaparición de especies; entre otros, son cosas que ya son habituales escuchar no sin un tono de alarma. La invasión paranoica, que bien han adoptado los medios de comunicación, no es distinta a la amenaza de guerra nuclear en la guerra fría, a la contingencia de la capa de ozono ni a las visiones de desastre profetizadas para el 2000 (aderezada con la estupidez del caos informático del ficticio Y2K).
Sabemos perfectamente que el arquetipo del final de los tiempos es parte connatural de nuestras culturas, y que se manifiesta bajo distintos enfoques dependiendo de la época. Hoy en día dicho modelo aparece definido bajo la fobia del calentamiento global. A la caída de los metarrelatos y de su finalidad histórica, y por sobre todo a la disipación del movimiento comunista ante el paradigma capitalista, el contrapeso y énfasis se puso en el surgimiento del ecologismo entendido como activismo en contra del monopolio de la industrialización. Ante la imposibilidad de apegarse a la vieja moda de la guerra fría, donde la división entre “buenos” y “malos” se podía establecer desde cualquier punto vista ideológico, el intelectual creó un nuevo campo para transferir dicha dicotomía y así legitimar su luchar contra los poderoso y, de paso, salvar el mundo y a la humanidad, como un superhéroe de Hollywood. Ante tal misión teleológica, toda opinión, disidencia o sospecha resulta descabellada, maliciosa e impertinente.
Por ello, es tan fácil pasar de una postura científica y lógica a una moral y sensible. Es la vieja lucha entre ciencia y religión, entre lógica y arquetipos. Los prototipos, para variar el nombre jungiano, pasan por sobre el pensamiento racional en cualquier tiempo, en cualquier lugar. Añada a ello la romantización que da la epistemología de Hollywood, con héroes que salvan el día de todos y que dramatizan el mundo aburrido en el que vivimos y que debemos aceptar a diario. Y además, a falta de un sentido, de una finalidad más allá del progreso, el cambio climático ha dado el cuadro perfecto a todos aquellos activistas que quedaron a la intemperie después de la caída del muro de Berlín. Por ello ha encontrado hostilidad y rechazo la postura contraria a la hipótesis reinante del CO2, que aduce que la actividad solar es la responsable en alto porcentaje de las alteraciones. Si usted busca una teoría global y holista, como está de moda, nada más convincente que el modelo de la cosmoclimatología, que supera en virtud de la de falsación (acuñado por Kart Popper) a la limitada conjetura de los gases de efecto invernadero.
Entendido que el debate ha pasado el umbral de la lógica y es dominio de la imaginería apocalíptica, contradecir la teoría del CO2 no equivale a negar que exista daño a los recursos que se van agotando, sino a pensar que nos estamos olvidando de las propiedades de todo sistema complejo. Nuestra sociedad narcisista, pulcra y escandalizada, no asimila aún que el planeta Tierra no es el centro del cosmos y que somos solo una partícula de polvo en contra del fondo del universo. El sol ocupa el 99.98% de la masa del sistema solar. Las emisiones de gases invernadero, en comparación a la influencia solar, es una nimiedad. Un estudio publicado por el National Geographic explica que las tormentas solares han propiciado que Marte tenga su propio fenómeno térmico. Estas investigaciones se dan bajo la premisa científica de que la explicación más sencilla es la correcta, y han explorado la posibilidad de la influencia del sol, ya que además de su gran masa, el astro es responsable directo de la regulación de la vida en nuestro planeta. Tras estas publicaciones no han parado de criticar a los científicos más que a los contenidos de sus trabajos, los cuales se ven bajo la lupa hiperbólica de la conspiración mundial.
Si pensamos bien, veremos que el asunto desafía al pensamiento científico, pero nomás. La teoría de la termodinámica explica que un sistema tiende a descomponerse, es decir, a desordenarse y ha reorganizarse. La relojería geológica de la Tierra tiene sus ciclos, procesos y ajustes independientes a los tiempos de nuestra especie. Ha habido numerosos cambios en el clima, desaparición y aparición de formas de vida. La misma sociedad nació presionada por las variantes de la naturaleza. Hoy en día el problema se reduce a la confrontación de fondo entre civilización y naturaleza. Lo que desparecerá será nuestra forma vida, no el planeta. El universo, desprovisto de sentimientos o psicología, es humanizado bajo la campaña ecologista de “salvemos al mundo” o la teoría de Gaia, que ve al ecosistema como un ser viviente, como si su sustancia fuera inmutable. La Tierra, como sistema entrópico, genera sus propios ajustes, independiente o a pesar de nuestra influencia. No hay que olvidar el calentamiento en la Edad Media, o las glaciaciones, o las bajas temperaturas entre 1940 y 1975, cuando se presentaron fuertes emisiones de CO2.
Las alteraciones del sistema Tierra, además, dependen de factores locales (posición en el planeta, época del año, viento, humedad) y externos (rayos cósmicos, posición de órbita, actividad del sol). Se sabe desde la termodinámica, de nuevo, que todo sistema está bajo la influencia de distintos factores que lo alteran o lo modifican, pero no lo destruyen. La mayor falacia de la hipótesis que ve a los gases de efecto invernadero como responsables del calentamiento global es que estima que si se controlan las emisiones de CO2 se regula el clima, como una fórmula mágica. Se sabe incluso que hubieron épocas donde hubo más acumulación de CO2 que hoy en día y que no fueron acompañados de un cambio climático. Pero desde los atractores de Lorentz, profetizar y aun controlar el clima es una de las tareas más quiméricas del medio científico. Lorentz explicaba que sólo se pueden obtener probabilidades, un gran número de ellas, sobre el comportamiento meteorológico y que dentro de ese rango nada se puede saber, como el comportamiento de los electrones de la física cuántica.
Si uno ignora la influencia de las tormentas solares, su alteración de campos magnéticos, o subestima el papel de las corrientes marinas y la mezcla de aguas frías y térmicas, o la salinidad de las aguas, o el complejo sistema de los vientos de ultramar, incluso el ciclo natural de expansión y contracción de los cascos polares (de ahí el derretimiento), así como la inclinación de la Tierra y sus órbitas, entre otros factores, como, claro, la contaminación, estamos más que perdidos en el mapa de las probabilidades. Tampoco se trataría de sumar estos elementos, ni restarlos, para obtener la panacea del buen clima. Son, como dije, equilibrios que dependen de una incalculable cantidad de interacciones que no necesariamente producen efectos previsibles, como el aleteo de la mariposa, sino un sinnúmero de probabilidades, incluso contradictorias, que pueden ocurrir.
No es que niegue que no haya un cambio climático, sino que dudo bastante, bajo mis legos conocimientos del fenómeno, que se pueda controlar el medio ambiente si se suprime un elemento de la ecuación (el CO2), como si fuera una receta alquímica. Lo que es verdad es que lo apocalíptico vende. Los medios se benefician e incluso, como se menciona en el documental Great Global Warming Swindle, contestación al sobrepublicitado An Inconvenient Truth de Al Gore, los científicos necesitan que haya un problema para que haya flujo de dinero hacia sus investigaciones e institutos. Lo cierto es que hemos sobrevivido a muchos apocalipsis: a la amenaza nuclear, al ozono, al año 2000 y, pronto, al calentamiento global. Pero una nueva amenaza ya se prepara en la caverna de los arquetipos y la publicidad escandalosa: la venida de Apophis, el asteroide 99942, que para el año 2029 nos visitará, pero que promete golpearnos para el 2036. Antes de ello queda una brecha que habrá que colmar. Quizás nos entretengamos para el 2015 con la obsesión de una nueva era glacial que siempre sobreviene después de un fenómeno térmico. En el documental Megafreezer, del History Channel, se plantea la posibilidad, con pruebas históricas, de que la nueva moda, tras el pasaje del calentamiento global, será la de una glaciación. Lo que me queda claro es que nos gusta adherir a nuestra perspectiva una buena dosis cinematográfica con lo que filtramos los eventos del mundo. Eso nos ayuda a dividir el complejo espectro social en “buenos” y “malos” sin cargo de conciencia, como si estuviéramos en una película de Marvel.
Pero veamos bien: si me subo a una bicicleta y dejo de lado mi auto maléfico, estaré sintiéndome mejor conmigo mismo porque, por un lado, lucho contra los supervillanos de las corporaciones que contaminan de más sólo por avaricia, ayudo a desarticular su conspiración para destruirnos, al tiempo que contribuyo a salvar a la humanidad; coartada perfecta para ignorar que en verdad no me preocupan otros asuntos, como la guerra o la injusticias locales, como la pobreza, la hambruna, el desarrollo en los países en vías, o los abusos contra los que son diferentes. Tal vez mi vecino sufra de discriminación sexual en su trabajo y ni me he enterado porque no me incumbe o simplemente no me interesa, puesto que estoy bastante ocupado salvando al mundo. Así, con esta nueva moralidad, narcisista y mesiánica, usted pasa de ser un pobre ciudadano, culpable de haber producido una crisis del clima mundial con la polución que origina (pero por necesidad, no por avaricia), a un redentor que sacrifica un poco de sus comodidades en nombre del futuro, en un mundo donde hay que derrotar a los “malos”.