Dino

Sunshine: la epifanía de Boyle


Después del éxito que significó Trainspotting para Danny Boyle, The Beach y 28 Days Later fueron películas que no pudieron llenar las enormes expectativas generadas por la aventura ácida de Mark Renton y sus compinches. Pero con Sunshine, Boyle reafirma que sus virtudes como cineasta van en franco perfeccionamiento a pesar de que incursiona por primera vez en el siempre complicado y estricto género de la ciencia ficción. Con un estilo pulcro y sereno, Sunshine narra la historia de la tripulación del Ícaro II cuya misión es la de lanzar una bomba directamente en el sol para impedir que se apague.


En su viaje descubren que la extraviada Ícaro I, nave que siete años antes había intentado la misma misión pero con resultados fallidos, aún emite señales de vida. Como se puede adivinar, los ocho astronautas deciden desviarse para abordar la nave perdida y así poder descubrir la causa de su fracaso. Como consecuencia, comienzan a experimentar dificultades por cambiar de trayectoria. Pierden al mismo capitán, en una de las escenas más bien logradas del film (junto con las imágenes de los ocupantes carbonizados de la Ícaro I, como en plena apoteosis en la sala de observación solar).


La reflexión constante de que el destino de la materia viva es perecer en el polvo hace contraste con la latente soberbia científica que entraña la misión de revivir al mismo sol. Empresa titánica, como la del mismo Ícaro de la mitología. En contra del pensamiento pragmático y básico de la supervivencia que permea al film, se establece el contrapunto con las meditaciones metafísicas y teológicas: ¿Debemos aceptar que Dios ha dictado extinguirnos? ¿O podemos desafiar el sentido común, como Ícaro?


Hacia el final, la figura espectral del capitán sobreviviente del Ícaro I, quemado y consumido por la locura que lo ha inoculado durante siete años de soledad, irrumpe para detener la misión y así cumplir con el designio divino. Memorable la escena cuando aparece envuelto en el halo dorado de fuego y explica su afán estremecedor de ser el último hombre a solas en el universo con Dios. Como un ser iluminado por una extraña fe que no podemos vislumbrar en su total complejidad, el astronauta-filósofo ha interiorizado el viaje como un descubrimiento espiritual trascendente.


El ritmo de la cinta, primero acompasado y finalmente vertiginoso, es contundente y bien equilibrado. No podría decir que la película es perfecta, pero sí una de mis favoritas. La metáfora del viaje como descubrimiento de la divinidad se deriva como una necesidad creada por el ambiente claustrofóbico de los pasadizos a la usanza de Alien, donde parece que todo vestigio de Dios ha sido desalojado. A final de cuentas, la cinta plantea adecuadamente el eterno conflicto entre la activa soberbia científica y la pasiva aceptación de los designios superiores. Ambas funcionan como las dos caras de una misma epifanía.

1 comentarios:

  Maria Cristina

1:21 AM

Oye vaya cronologia en este post la cual me parece interesante, tendre que verlo, te mando abrazos desde aqui, gracias por estar y un gran inicio de semana