A pesar de ello, me siento muy contento con mi participación en la red del Club Chufa. A un año, pienso que he cumplido un ciclo como colaborador y es hora de retirarme. No es una despedida, porque tengo intenciones de regresar una vez termine con mis proyectos. Quizás no sea en este año, probablemente hasta el 2008, por estas mismas fechas. Escribiré en las cumbres de Escocia mi nueva novela y debo terminar una historia de los grandes poemas del siglo XX. Mis compromisos como académico, además, me obligan a viajar a Nueva York, Israel, Egipto, la India, China y Japón.
Mi intención hoy era hablar del holismo, de sus representantes más duros (Davidson, Sheldrake, Bohm, Prigonine, Pribram), pero ya llevo redactado medio post y francamente no podré lograrlo. Sin embargo, quisiera por otra parte cerrar este espacio con unas reflexiones análogas a las que iniciaron mis colaboraciones: el sentimiento de lo divino. Antes de irme, doy las gracias a mis lectores, a Hugo Medina, Carlos Pacheco y Luis Lope por la invitación tan atenta y a todos los que de alguna manera u otra se involucraron con el proyecto. Hasta pronto.

Los científicos han llegado a la conclusión, vía física cuántica, que un sistema, ya sea biológico, social o lingüístico, no se puede explicar mediante la suma de sus partes. Como epígono de la teoría del caos, el holismo expone que un fenómeno se comporta de forma distinta a sus partes porque implica tanto sus relaciones superficiales y evidentes como las posibilidades latentes y las propiedades imperceptibles. Para este método, es importante el “todo” en tanto entendido como la interdependencia de sus partes. Un ser humano es más que vísceras, sangre, carne y huesos.
El famoso pensador acuático, Maseru Emoto, ha realizado innumerables experimentos con el agua. La disciplina, que poco a poco gana terreno en el mundo de la ciencia, se denomina “holismo del agua” y estudia los cristales que se forman a nivel molecular. Las fotografías han revelado un diseño constante: formaciones de “pétalos” hexagonales, como si fueran copos de nieve; pero una séptima hoja surge cuando se emite una plegaria, rompiendo el patrón. Emoto, como producto de sus investigaciones, ha llegado a afirmar que el agua no sólo retiene información, sino que archiva “sentimientos y conciencia”. No sería bastante descabellado ya que el ser humano es 70% agua.
Por las fotografías de Emoto, sabemos que existe el agua “viva”, aquellas que presentan formaciones de cristales a manera de tréboles, mientras que el líquido desestructurado es aquel que ha sido sometido a un tratamiento agresivo, a agentes tóxicos o maltrato verbal. Emoto experimentó con dos sembradíos de arroz controlados en laboratorios: a uno lo sometía a sonidos apacibles, a frases amorosas y a oraciones de todas las religiones del mundo. Al otro, lo expuso a descuido, a ruidos estridentes y a groserías. La segunda se murió rápidamente y la primera creció saludable. No es raro: hay música que nos pone de buen humor como si fuera un hechizo y otra que simplemente nos molesta.
Emoto sugiere que un ser humano puede sanar mediante la oración, la paz que le brinden sus allegados y en un ambiente tranquilo. Obviamente todo ello se queda en el terreno de la especulación, pero no deja de ser una idea sorprendente. Son innumerables los testigos alrededor del planeta que hablan de milagros de sanación mediante plegarias. No sólo eso: es una tradición mundial. En todas las religiones hay referentes espirituales de curaciones. Las más famosas en el cristianismo son cuando Cristo elimina la ceguera de un anciano y, hazaña hermosa, vence a la muerte al hacer que vuelva a la vida una pequeña. El universo mismo surge de las aguas turbias del caos a través de un acto verbal. Si los estudios de Emoto son comprobados, nuestra palabra podría recobrar su primitiva fuerza sagrada.
En un clima político de recelos, donde los discursos de los poderosos son cada vez más huecos e ineptos, y en donde la publicidad “corporal” hipersexualizada ha establecido su filosofía de frenesí, el sentimiento de lo divino ha sido desalojado paulatinamente. Escriba en Google la palabra sex y pulse enter: obtendrá más de cuatrocientos millones de entradas. A pesar de ello, aun hay espacio para la meditación precaria o para las voluntades de los enamorados. El amor, ese extraño invasor que, como dice Sor Juana en una de sus décimas, se parece a un caballo de Troya, es una sensación que escapa a la racionalidad. Para Descartes, el alma habitaba misteriosamente en el hipotálamo; Edelman ha escrito que en algún lóbulo frontal se localiza el concierto de las neuronas que construyen al amor; mientras Francis Crack ha hecho una reconexión inaudita entre vías de spines que comunican esta facultad humana. Nadie ha podido comprobar sus teorías, pero todos hemos vivido la pasión del amorío.
En un tema reciente, "Window in the Skies", U2 canta de nuevo a la divinidad originaria de nuestra especie y pregunta si acaso no hemos visto lo que el amor ha hecho con nosotros. De estirpe bíblica, la canción habla del amor como una fuerza universal actuante que anima a la materia. No sólo eso, también la destruye. Por eso, en uno de los versos más precisos, advierte el enamorado que: “can’t you see what love has done to every broken heart”. A pesar de ello, de la angustia y el horror, de las cicatrices que nos han marcado, de la guerra, del incremento exponencial de la miseria, de las enfermedades mortales, de la sinrazón de la intolerancia y los muros que se levantan para separarnos, el amor, canta U2, ha dejado una ventana abierta en el cielo. Sólo hay que voltear a verla y asomarse ahí, a los misterios de nuestro corazón cerrado. Porque en la decisión de amar a alguien está nuestra única posibilidad de hacernos totalmente libres.










