Junto con Velarde, Xavier Villaurrutia pertenece al exclusivo canon de poetas de inicios de siglo XX mexicano. Al igual que el escritor de Jerez, Villaurrutia se nutre de los clásicos barrocos y del conceptismo; pero a diferencia de éste, se apega muchísimo a la imagen surrealista como método de conocimiento. Aunque veía con ciertas reservas al Velarde nacionalista, siempre se adivina una cierta admiración hacia el virtuoso del verso y las sensaciones, valor poético que llevó hasta sus últimas consecuencias (Salvador Elizondo dixit). Becario en Yale, el lírico de la nocturnidad renunció al campo del Derecho para dedicarse a la literatura. Junto a Salvador Novo, Jorge Cuesta, Jaime Torres Bodet, Gilberto Owen, Carlos Pellicer y José Gorostiza formó el polémico grupo de Los Contemporáneos. Exhibiendo una retahíla de argumentos contra los filósofos nacionalistas, tipo Reyes y Vasconcelos (aunque éste era amigo de juergas del buen Owen), Los Contemporáneos se aglutinaron alrededor de la idea del cosmopolitismo, leyendo y traduciendo a Novalis, Baudelaire, T. S. Eliot, Mallarmé, Rilke, Reverdy, Valery y Supervielle, entre más. Cada uno de ellos, incluso, se identificaba con alguno de ellos a nivel personal y estético: Novo con T. S. Eliot, Cuesta con Rilke, Gorostiza con Valery, Owen con Baudelaire y Villaurrutia con Novalis, del cual escribió un ensayo deslumbrante, aunque también sentía una atracción hacia Supervielle, el fantástico poeta surrealista del agua y los dioses nocturnos.Como una galería inverosímil, los poemas de Villaurrutia, obsesionados con los lugares claroscuros, yuxtaponen objetos y sensaciones donde el momento epifánico surge. “Nocturno” contiene la mayoría de los motivos villaurrutianos y se sostiene sobre el delicado equilibrio entre Eros y Thanatos, lo apolíneo y lo dionisiaco, pero vistos, en contra de la percepción habitual, como dos caras de una misma moneda. Las cinco estrofas van fluyendo como una savia mística hacia el deslumbramiento de lo inexpresable. Primero la descripción de la suave llegada de noche. La primera estrofa nos toma por sorpresa: la noche posee voluntad en virtud de la personificación. “Dibuja” el placer y el vicio: ambos revelan.
Sigue el silencio, que de igual forma prepara la atmósfera de la epifanía, puesto que extrae las esencias de las cosas, de ahí que el humus del cuerpo no tenga nombre o, más bien, trascienda el reino de la palabra. Continúa en la tercera estrofa la prefiguración del deseo que se satisface y deja de ser carestía. Después la paulatina cesación de la actividad consciente. En la cuarta estrofa el sueño asume la apariencia de un súcubo, lo que no sería extraño ya que a Villaurrutia le fascinaba entablar el paralelismo entre lo diabólico y lo onírico. Ahí mismo ocurre la eucaristía negra: el sueño se hace carne.
Finalmente, después de la cadencia con que se ha desarrollado el poema a lo largo de cinco estrofas, la voz poética cruza el umbral en el que ha quedado suspendido y comprende el sentido de la noche. Las vías oscuras, casi órficas, identificadas con esa voluntad que aparece en los primero versos, que es “silencio” luminoso, se ha apoderado de su ser y lo ha llevado al éxtasis. El eufórico “¡Todo!” con que inicia la sexta estrofa es la autoconciencia de que el cuerpo, en un estadio de receptáculo de fuerzas telúricas, posee el sentido de que el sueño es una imagen breve de la muerte, como se creía en la antigua Grecia. No por nada Morfeo es hijo de Hipnos y Nix (la noche), y hermanastro de Thanatos. Aún más: tanto Sócrates como Aristóteles creyeron en la naturaleza divina de los sueños y en su capacidad reveladora. No es otra la dirección que va tomando la intromisión de los influjos nocturnos.
El poder devorador de lo oscuro le revela a la voz poética que la cesación, que alimenta a la vida (esa sangre vuelta savia en sus venas), es una presencia omnipotente. Este lapsus es cuando podemos abrirnos a la actividad del inconsciente y así abandonarnos al deseo corporal, a Eros, pero de igual forma es penetrar en los enigmas del siniestro dios Thanatos. La tensión entre ambas dimensiones, entre lo erótico y la muerte, que Freud ha sabido ilustrar como nadie, es sobre la que se sostiene el frágil orden de la idea de “civilización”. Si se reprime la pulsión de Eros, si acallamos la líbido, se permite la perpetuación de las jerarquías: la made y el hijo no pueden desearse sexualmente, todo en pro del orden patriarcal. De lo contrario, ocurriría el caos, como en la tragedia de Edipo: el triunfo de la destrucción y Thanatos. La pulsión de muerte es para Villaurrutia cruzar el umbral de lo mundano, de la imposición moral. El sueño, como transubstanciación, es una réplica liberante de las restricciones que nos transporta al más allá extático, donde se cancelan los protocolos de la vida cotidiana. Sin embargo, el plano que se sitúa más allá del umbral de lo consciente es inefable. El último verso necrófilo, que ilustra la imposibilidad de comunicar el “Todo”, lo impensado, convierte al silencio del durmiente y del cadáver, por igual, en una epifanía que se eleva por sobre el mundo del lenguaje y sus restricciones.







2 comentarios:
12:30 AM
me gustaría que hablaras en especial de jorge cuesta (si te apetece)... se le tiene muy olvidado, muy poco estudiado... se le dice poeta pero su poesía se desprecia, se niega (hasta los mismos contemporáneos pensarón que su herencia , su aportación a la literatura mexicana no eran sus poemas, sino el recuerdo de sus conversaciones actuando en ellos, y hasta en paz y otros escritores más jóvenes). y sus ensayos, aunque alabados por su rigor intelectual, no son más estudiados...
digo, si quieres... :)
1:23 AM
Hola Melissa, de hecho el lunes espero poner algo sobre Cuesta, aunque me debatia entre él y Gorostiza. Tu comentario ha inclinado la balanza a favor de Cuesta. Saludos.
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