Al fin pude ver Babel, la tan festejada cinta del director mexicano Alejandro González Iñárritu. El tema es el de la desgracia global. Las tensiones se desatan mediante el distorsionado “efecto mariposa” de la teoría del caos, aunque la mayoría de críticos, como Fernanda Solórzano de Letras Libres, adjudica la trama a una lógica meramente causal. Una mariposa aletea en Brasil y produce un tornado en Croacia. Un niño dispara un rifle en Marruecos y desencadena una alerta terrorista mundial. Una causa no necesariamente propicia un efecto previsible.Babel carece de un final contundente o, mejor dicho, plantea distintas opciones para rehuir al cierre clásico. El director puede optar por una resolución cruda, como en sus Amores Perros, o por el “happy ending” tan disfrutado por la mayoría de las audiencias. En lugar de eso decide un final flotante, a manera de comodín. Al parecer quiere quedar bien con el establishment norteamericano sin por ello fallar a su público mexicano y latinoamericano. El film en realidad aspira a contener en su corpus la cantidad de cuatro películas: la historia de los niños y el rifle; las desventuras de la pareja de turistas en Marruecos; la chica sordomuda con problemas de autoestima que intenta saciarlos vía libido, y el drama de la niñera maternal en la frontera de Tijuana. Para cada uno de ellos hay un desenlace adecuado: un niño muere bajo el fuego de la corrupta policía marroquí, la señora es deportada a México sin ningún miramiento; mientras que los esposos superan sus problemas físicos y sentimentales, al igual que Chieko y su padre, quienes logran entenderse en la cima de un edificio de apartamentos: en el éxtasis de la región más transparente.
Es lo justo: los personajes del primer mundo tienen esperanzas y motivos para seguir vivos; los otros terminan en tragedia, negados y en el olvido. La película explora cómo es que los mass media distorsionan los sucesos: en las noticias y a todas horas se dan reportes de la pareja supuestamente atacada por anónimos terroristas. Retrata con frialdad estos mecanismos de paranoia tan característicos de la cultura norteamericana, que se prolonga a la escena cuando los guardias fronterizos acosan a Santiago y a su madre, maltratándolos como si fueran criminales. Un suceso que comienza como un desafío entre hermanos para probar el alcance del rifle (y saber si no fueron timados) se trasforma en una asunto de seguridad nacional para Estados Unidos: quizás por eso actúan así los policías de la frontera, bajo la influencia de las noticias que les llegan de Marruecos y la consecuente alerta de su país. Ocurre todo lo contrario cuando es asesinado uno de los hermanos, borrado totalmente por la superposición del final feliz de los esposos estadounidenses.
El personaje de Chieko, el más logrado a mi gusto, vive en el centro de una vorágine hormonal que trivializa las pesquisas de los agentes nipones. No sólo eso: su drama sería menor si no nos percatáramos que Chieko es la personificación de todas las desgracias de incomunicación global que el film asume. En pos de comprensión, Chieko se topa con la pared fría de la discriminación y el desconcierto que inspira en los demás. En lugar de saltar del balcón, como supuestamente hizo su madre (aunque se infiere que el rifle que su padre regala al marroquí es la pieza suicida y por ende queda en mácula) le da una nota al agente del cual desconocemos su contenido, en homenaje a Lost in Traslation, y termina haciendo las pases con su padre.
Mientras, Santiago escapa de las patrullas fronterizas, su madre y los dos pequeños se internan en el desierto donde casi perecen. La niñera es deportada y la diplomacia mexicana brilla por su ausencia ante la prepotencia con que los oficiales actúan. La misma suerte corre el pastor y sus hijos, víctimas de la injusticia y de la indiferencia de los que consumimos las historias que transmiten los noticieros. De un destino paralelo escapa la esposa convaleciente, atrapada con su esposo en un pueblito inaccesible por culpa de la ineptitud diplomática que sólo ha servido para retardar su traslado a un hospital.
Finalmente, como un deus ex machina, el poder omnipotente de Estados Unidos restablece el orden de las cosas. De misma forma la intervención de los detectives japoneses, presionados por los eventos presuntamente terroristas ocurridos en Marruecos, terminan por resolverle la vida a Chieko. La suspicacia que se ha construido alrededor del evento de la bala perdida le estropea la vida a la protagonista mexicana y a la familia marroquí. Un claro ejemplo de la hegemonía ideológica norteamericana. El director, evitando la ironía, ha sabido otorgarnos dos tipos de finales acordes con la imaginería del primer y el tercer mundo, que termina siendo una salida pudorosa con la finalidad de rehuir cualquier deriva polémica.
Implícitamente, se privilegia el “happy ending” por sobre el tremendismo que viven los personajes del tercer mundo, aunque aspira a no defraudar u ofender a ningún público aludido. Su film inevitablemente articula la concepción de que los males de la humanidad, en el trasfondo, se subsanan en algo si nos apegamos al modo de vida esperanzada, feliz y segura que sólo los países de primer mundo pueden ofrecer. No es para menos: es la clásica visión de los vencedores sobre los derrotados. Ésta es la premisa y el constructo de la película de Iñárritu y, por lo mismo, su versión del mundo globalizado.







2 comentarios:
9:39 PM
Mas bien es la version del mundo globalizado de Guillermo Arriaga.
10:37 PM
Oh, perdón, tiene toda la razón, mea culpa.
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