Dino

Las Torres Gemelas

Ya sé que escribir a estas alturas una reflexión sobre la película de Oliver Stones, World Trade Center, podría resultar un ejercicio anacrónico. Permítanme la osadía. Extrañamente me mantuve indeciso sobre si ver o no ver el film. Leí innumerables comentarios sobre la cinta y el saldo era negativo: una obra que no aportaba nada y empalagosa en cuanto a su “mensaje”. Los más implacables cinéfilos la tacharon de decepcionante. Una ejecución tibia, sin sesgos polémicos o un trazado ideológico nimbado o neutro. No hay que buscar razones de índole política, sino una lectura casi de ópera: teológica.
El error de los comentaristas fue que partían de las comparaciones, como ya se está haciendo habitual en el mundo de lo exprés. Desaparece la bizarría del juvenil Stone de The Doors, de Natural Born Killers, de JFK y de Nixon. Aunque también entendieron la sensibilidad que implicaba tal empresa. Lo que incomoda, sin embargo, es la exigencia que le hacen al autor. El tema del 11 de septiembre está tan palpable como la invasión en Irak. En sus trabajos precedentes existía una distancia crítica que le otorgaron ciertas licencias. En el caso de JFK y Nixon, se filmaron a varios años del fin de la Guerra Fría y con una vasta bibliografía como colchón.
En el del WTC, existen escasos trabajos serios y poquísimos documentos fidedignos que permitan una mirada revisionista precisa. Me parece que la decisión de Stone, de adoptar un punto de vista interno a la historia, fue la más honesta y la manera más eficiente de evitar posibles manipulaciones ideológicas y amarillistas. Con la puesta en escena del caso de John McLoighlin y Will Jimeno, Stone recrea el evento desde el mismo centro del caos, tratando de crear empatía con el público, sobre todo considerando que la historia es verídica y con ello, poco notado, el director es fiel a uno de sus principios filmícos: el de la conexión con la historia. Nada raro: la catarsis es un procedimiento tan antiguo como la misma idea de arte en occidente.
Y es que da la sensación que el futuro de las sociedades dependerá de los ciudadanos comunes. Parece que la elección de Stone nos avisa que el devenir de las civilizaciones estará ligada a la comprensión individual, a la voluntad y a la tolerancia de los hombres anónimos, más que a las burdas decisiones de los poderosos. Bush aparece algunos segundos en escena, enmarcado en un televisor como un demiurgo cieguísimo, diciendo la tropelía bruta que ya todos le conocemos; en contraposición, las personas se apresuran a organizarse para ayudar. Los vistazos a las disfuncionalidades de la familia también ocupan gran parte de la trama: los hijos desafiantes, el hastío de la vida diaria, la desconfianza y el descuido de las relaciones humanas. Se muestra cómo el ritmo de vida de la ciudad ha reducido cada ámbito de la esfera humano a una constante mecánica, como si estuviéramos adormecidos o hipnotizados por un duende maligno.
La crítica ha denunciado, por otra parte, una simplificación de los sucesos que, pienso, es muy falsa, y que consiste en el descarado sentimentalismo de los americanos. Es cierto que el truco es conocido en Hollywood, pero no es exclusivo de los norteamericanos. El Titanic fue un éxito dentro y fuera de los Estados Unidos. Se trata de un argumento hipócrita. El evento del 11 de septiembre de 2001 fue seguido por todos con temor, impotencia, coraje, con un profundo sentimiento de solidaridad y, ante todo, se metieron al congelador las tendencias ideológicas. Los que no experimentaron esto, o son psicópatas o frustrados intentos de “historiadores” formados en la revista Cosmopolitan.
Después vinieron las interpretaciones, intentos de mesura, las teorías paranoicas y la crítica. Quizás incluso el olvido en forma de consumo, como si todo hubiera sido una película de hit. Pero nadie que se diga tolerante o crítico negaría el sufrimiento que ha marcado a los neoyorquinos y el correlato lógico que padecen las personas en Medio Oriente. No hay sufrimientos más justos o injustos que otros; quienes sostengan lo contrario aduciendo cualquier tipo de motivo utiliza la misma retórica encarnizada del presidente Bush y de los terroristas, las cuales, sabemos, propagan el clima de tensión bélica en la que se sostiene el planeta entero.
El exceso de sentimentalismo, eso sí, me pareció un abuso. No era necesario por dos motivos: el primero es que es incapaz de recrearse ese día en su total e intenso marasmo de crueldad, y en segundo lugar la mera situación nos transportaba a la pesadilla sin mucho esfuerzo. Reconozco, sin embargo, que la intención era alcanzar el estatus metafórico. El ambiente claustrofóbico que persiste alcanza alturas teológicas en virtud de la incertidumbre y el acecho de la muerte. La inmovilidad, las laceraciones, el intento por regresar al hogar y la meditación acerca del pasado son motivos clásicos del tema de la soledad humana. Pero no se trata del concepto habitual y moderno de “no tener a nadie”, sino el de estar lejos de Dios.
La escena de los dos policías enterrados y agonizantes me recordaron de inmediato las escenas de los muertos de Pedro Páramo y, por ende, a las del infierno dantesco. No por nada el tema se convierte en un leimotiv entre ambos compañeros. Si hay que buscar alguna tendencia en la película, hay que escarbar en las referencias bíblicas. Y no es de escandalizarse, como alguno que otro podría hacerlo, puesto que está dirigida al público occidental y, en específico, al neoyorquino. Stone, hábil, apela a ese sentimiento de lo divino que todo ser humano en algún momento de su existencia cuestiona o acepta. Bajo este sesgo, las imágenes de Cristo, la oscuridad demoniaca y la resurrección convierten el desastre en un misterio de salvación. Y es esa la simbología que persiste, por encima de la superficialidad y el efectismo tan obvio. La salvación, se advierte, dependerá de la voluntad y la fe que les tengamos a los otros, de la capacidad que desarrollemos para proteger a los demás, sin importar ideología, raza o nacionalidad.
Mientras Bush apela a un dios desfigurado, inclemente, sin oídos y colérico, malsacado del Antiguo Testamento; el dios de Stone es misericordioso, enérgico pero no sordo, y tan sutil como ese rayo de luz que se cuela entre los escombros del WTC en la totalidad de la película, que parece sostener los rostros de ambos protagonistas y que impide que pierdan la cordura. Es esto lo primordial para el artífice, por ello la película termina con una reflexión sobre la bondad humana y el mal, que recuerda la frase bíblica que Caín orgulloso ostenta ante Dios, después del crimen: “¿Acaso soy yo guarda de mi hermano?”. Dice así: “The evil, yeah, sure. But it also brought out the goodness we forgot could exist. People taking care of each other for no other reason than it was the right thing to do”. Y es cierto que la frase de Caín es perversa porque sí somos guardas de los demás, sí somos responsables por todos nosotros. Y por ello le siguen las palabras exactas del protagonista, deliberadamente seleccionadas: “It's important for us to talk about that good, to remember. Cause I saw all of it that day”. Amén.