Dino

Demonios

Abraxas. Es uno de los capos, pero apenas sabemos nada de él. Hay quien cree que es tan sólo una palabra empleada por los demoníacos, pero olvidan que esa es la naturaleza íntima del mal, esconderse tras las palabras. De modo que bajo las palabras se agita el poderosísimo Abraxas como una sierpe venenosa entre los tréboles. Desenmascararlo es nuestra tarea.

Adramalech. Es el tesorero (antaño se decía “el condestable”) de Satanás y además es su sastre. Cuando se aparece a los terrestres lo hace bajo la forma de un pavo real o una top model. Vence las voluntades por medio de la vanidad, la fatuidad, la arrogancia, la autosatisfacción y la petulancia. Hoy día arrasa en los en los blogs y en los parlamentos, allí donde no hay salvación.

Asmodeo. Pocas veces se le ha visto en su forma terrestre porque tiene pies de pato, cola de dragón y tres cabezas, lo que le hace muy conspicuo. Ahora bien, de noche pasa inadvertido porque está hecho de una materia sutil. De ese modo, en su última aparición confirmada sedujo a las monjas de Loudun, en 1630. Las modernas investigaciones lo sitúan en África donde no llama la atención incluso con su aspecto natural.

Astarot. La bella y joven diosa Astarté trabajó durante sus años mozos para los asirios y fenicios, pero tras la decadencia física comenzó a trabajar para los israelitas y luego con los cristianos, amargada y de muy mal humor. Muchos la confunden con las brujas, las cuales, de hecho, están a su servicio.

Azazel. Se ocupaba de los habitantes del desierto (Levítico, 16:26), pero antes del diluvio había enseñado diversas maldades a los humanos. Dos tienen una especial relevancia en nuestros días: la guerra y la cosmética.

Balam. Apenas se sabe nada de él, excepto que cabalga sobre un oso. Seguramente actúa en zonas muy septentrionales y es difícil distinguirlo del oso propiamente dicho. Quizás habría que interpretar desde esta perspectiva las matanzas de osos del Pirineo.

Belcebú. Es el célebre “rey de las moscas”, figura central de las misas negras. Lleva cuernos, alas de murciélago y patas de macho cabrío. Es fácil llamarlo, pero luego no se va de ninguna de las maneras. Actúa mucho en Hollywood y en Las Vegas donde ha hecho auténticos estragos y muchas películas.

Belial. Su papel ha ido en ascenso desde que aconsejó a Lucifer que no volviera a enfrentarse con Dios de un modo tan directo como ingenuo, porque tenía todas las de perder. Es astuto y se dedica a la abogacía. Habita en las capitales nacionales y es uno de los demonios más peligrosos y temibles. Aparece constantemente en la televisión.

Belfegor. Es de origen moabita y vive entre las heces y los excrementos. Es el patrón de los coprofílicos, de los profanadores de tumbas, de los sadomasos radicales (para quienes inventó la lluvia de oro), de los violadores de cadáveres, en fin, de este tipo de gente. Tuvo un buen momento en la Francia dieciochesca, pero en la actualidad es uno de los jefes del mercado del ocio norteamericano.

Incubos. Son muchos y muy pequeños. Se introducen en los sueños de las chicas y las dejan preñadas, lo cual antaño traía consecuencias desagradables. En la actualidad, menos, pero no deja de ser una molestia. En su forma femenina asalta a los eremitas y a los santos del desierto, lo que hoy día supone una cierta precariedad laboral. De ahí la cantidad de ellos que se dedican en exclusiva al género femenino.

Lilith. ¡Gran desconocida! Sabemos que formaba parte del personal laboral del Edén, pero no sabemos con qué cargo o responsabilidad. Algunos dicen, incluso, que como primera dama. El caso es que ni fue expulsada, ni cayó con la redada de los Ángeles Rebeldes, sino que se fue del Edén por voluntad propia. Todo un carácter. Su maldad más odiosa es el robo de recién nacidos, pero la más conocida es la seducción de ingenuos caballeros a los que chupa la sangre y abandona en los muladares. Baudelaire, que se topó con ella en la rue de Bellechasse, la confundió con un vampiro e intentó ahuyentarla con una ristra de ajos que llevaba en la levita. A Lilith le hizo tanta gracia que le perdonó la vida. Baudelaire le dedicó un poema sensacional llamado “Les Métamorphoses du vampire”.

Mammón. Es un demonio originario de la Gran Bretaña, en donde comenzó su carrera. Luego se expandió por todo el globo. Se globalizó. Su apariencia terrena es la de un mendigo, un sin techo, un sin domicilio fijo, e induce a los humanos a acumular riquezas hasta volverlos locos. Se le puede ver a veces subido en el hombro izquierdo de los grandes especuladores y acaparadores.

Mefistófeles. En el reparto territorial clásico, su área era la germanística. Aparecía, o bien como un perro de ojos rojos, o bien como un dandy, elegante, seductor y un poco marica. Trabajaba las más infames condenas en los departamentos universitarios. Yo le vi un día en la Escuela de Artes de Londres solemnemente aburrido. Nadie le hacía el menor caso. Ni le entendían. Lo reconocí gracias al retrato que hizo de él Thomas Mann, tras haberlo visto junto a Schoenberg. Hay foto.

Se observará que en el directorio no aparece Satanás, nombre diabólico de Lucifer, al que en español llaman el Lucero del Alba. Esta ausencia se debe a que hace ya mucho que vive retirado y a la espera de su momento decisivo. Cuando reaparezca, todo habrá terminado.
Mucha gente se hizo ilusiones cuando lo de Hitler y Stalin. Parecía haber comenzado el último capítulo de la humanidad con Satanás agitando el látigo sobre las cabezas de millones de esclavos enloquecidos. Falsa alarma. Olía mucho a Satanás, pero acabó retirándose. Cobarde.
Lo peor está por llegar.

La trilogía de Volpi

Al fin he podido terminar la más reciente novela de Jorge Volpi, con la cual concluye su ardua trilogía del siglo XX. La saga comenzó con En busca de Klingsor, novela que aún no ha podido superar en su maquinaria. Fue publicada en 1999 y obtuvo el Premio Biblioteca Breve de la editorial Seix Barral. En 2004 apareció la segunda parte de la entrega, bajo el título El fin de la locura, donde narra las peripecias de un psicoanalista-revolucionario, con un sugestivo nombre: Aníbal Quevedo. Al fin, el pasado mes salió bajo el sello de Alfaguara la última parte, No será la Tierra, que por el número de personajes asemeja a los buenos clásicos rusos, así como por su estricta cronología que va de 1929 al año 2000. Es, efectivamente, y como Volpi lo declaró en la presentación, su libro más oscuro y pesimista, desesperanzado.
Aunque aún arrastra defectos que ya había planteado la crítica literaria desde En busca de Klingsor, la lectura envuelve desde las primeras frases. El comienzo es brutal: la catástrofe de Chernóbil convertida en una metáfora de la hecatombe comunista que se adivina por los años ochenta en la Unión Soviética. Sigue a ello la magistral descripción de las incógnitas: un escritor que se ha vuelto un asesino; el cadáver de una joven poeta (“primera víctima del triunfo del capitalismo”, así anuncia la contraportada), hija de un doctor ruso que desarrolló armas biológicas —y que se ha convertido, irónicamente, en un adalid del capitalismo— y una bióloga soviética venida a menos; el retrato frívolo de una rubia superficial y obsesa, al mando del Fondo Monetario Internacional; la desaparición de su hermana, globalifóbica incapaz de cuidar a su propio hijo; y al final, quizás eje del remolino, la insondable Éva Halász, seducida por la inteligencia artificial e inmersa en una espiral maligna de amantes.
El relato de Volpi comienza con estas historias desperdigadas como puntos en un plano cartesiano, pero cada uno de ellos se toca en un determinado momento y, como pequeños corpúsculos alentados por el soplo del caos, se perturban de manera decisiva. En este relato, Jorge regresa a un estilo similar utilizado en En busca de Klingsor, donde introduce grandes reflexiones científicas, históricas y políticas a tal grado que parece más bien un ensayo que una novela; pero eso no la vuelve una aberración, al contrario, nos permite entrever que los personajes son órbitas en reflejo de la historia y viceversa; dimensiones en mutación, alterándose recíprocamente. Son memorables los momentos donde nos cuenta con minucia el accidente de Chernóbil, o el terror de Stalin, el gobierno y derrumbe de Gorbachov, la caída del muro de Berlín, el ascenso de Yeltsin y el libre mercado, el genoma humano, los febriles adelantos en robótica, incluso la depresión de 1929 y la guerra en Afganistán.
Yuri Mijáilovich Chernishevski, el relator de esta gran historia, parte del accidente de Chernóbil, como ya recalqué, pero detrás de estas escenas iniciales se esconde la idea de una absurda espiral de sinrazones que propicia que los personajes colisionen como fuerzas irrefrenables en algún momento del libro, como ciegas marionetas de los influjos de la Historia —o de los genes, como insiste el narrador, con un viejo adobo naturalista, a lo Zolá. El final, un accidente determinante que propicia la escritura de la novela, engloba la contingencia que arrastra a cada uno de los actores, un eco que cierra el círculo de la incertidumbre y la idea de desastre abierta desde En busca de Klingsor. Paralelamente, Links y Chernishevski justifican vitalmente la existencia de sus textos al aducir que tratan de huir de lo amorfo y del sin sentido de las fuerzas del caos.
Pienso que a la novela le pesan sus más de 500 páginas. Klingsor es una magistral incursión en la historia de Alemania, aunque su solidez radica en que no pretende parecerse a las narraciones alemanas; mientras que No será la Tierra por momentos intenta mimetizarse con la poética narrativa rusa (inevitable compararla con las grandes novelas de Tolstoi y Dostoievsky, ante las cuales sale mal librada). Su punto débil, como en Klingsor, y aún más notable en El fin de la locura, es su mal tratamiento de las escenas eróticas y la lamentable repetición de lugares comunes en las relaciones amatorias de sus personajes, que nomás alargan la acción y para nada ayudan a justificar algunos sucesos trascendentes, sobre todo el relacionado con Chernishevski y Halász.
Sin embargo, encanta la sombría, casi demoníaca presencia de Oksana, la hija perversa de Irina, la biólogoa soviética, y Arkadi, antiguo miembro de la Nomenklatura que deviene en un promotor codicioso del capitalismo. Intrigante Oksana por su vínculo fantasmagórico con la poeta Anna Ajmatova, exacto profético de ella, maldita e incipiente cantante punk. Oksana, que identificará de inmediato a los más jóvenes lectores de Volpi, me trajo a la mente a la igualmente infausta Vina Apsara, de El suelo bajo sus pies, novela de Salman Rushdie. En uno de los pasajes inolvidables, se presentará a Chernishevski bajo la forma de una posesa, en las ruinas de la Unión Soviética:
“Nosotros defendemos al legítimo gobierno de este país, la democracia y la libertad están de nuestra parte, tus padres se arriesgan ahora para que en el futuro vivas en un lugar mejor.
¿De verdad crees que lo hacen por mí? La voz de Oksana desprendía un tufo macabro. Tú estás habitado por la misma violencia que combates.
Nunca volvería a encontrarme de nuevo con esa criatura sabia y desvalida, con esa sibila adolescente, pero —ay— su maldición no tardaría en alcanzarme”.

Al final, Chernishevski se hace de los manuscritos de Oksana, la vidente posesa, rememorando, de forma sinuosa, los bizarros cuadernos de tapas azules que tanto han perseguido y atormentado a los personajes-escritores de Paul Auster. Volpi vuelve a unos de sus mejores momentos de escritura juvenil: al recurso de la interpenetración mística con la poesía, representado siempre en una dupla. La combinación Ajmatova-Oksana nos recuerda a la alquímica relación entre el Jorge investigador y el poeta Jorge Cuesta, de la novela A pesar del oscuro silencio. En ambos casos, lo amorfo y lo horrible, los huecos de la Historia y sus ciegos virajes, son vistos a través de los ojos proféticos de la poesía; la novela, en cambio, y como bien lo exponen Links y Chernishevski, mira con los ojos acallados de los muertos, hacia atrás; como si ambas fueran las caras de un oscuro e indivisible Jano.

No será la Tierra (fragmento)

No será la Tierra
Jorge Volpi
Alfaguara, 2006
Querida Ánniushka, volvió a escribir Oksana en su cuaderno de pastas azules, otra vez estoy contigo. Supongo que dejarías escapar una de tus estentóreas carcajadas si contemplaras lo que sucede aquí, en el presente, en este mundo que te ha sobrevivido. ¡La cárcel se desmorona! Como lo oyes, Ánniushka, los ladrillos se convierten en polvo, mohosas grúas desmontan sus fragmentos y los llevan a los cementerios, poco a poco desaparecen las cadenas, los yugos, los potros de tortura (y las estatuas de Lenina y Stalin). Basta salir a la calle en Moscú, aunque supongo que debe ocurrir lo mismo en tu amada Leningrado, para contemplar el ocaso de los verdugos: las grandes ideas se resquebrajan como los antiguos afiches comunistas, el mundo que tanto te oprimió, que asesinó a los tuyos, se viene abajo. ¡Cuánto reirías, Ánniushka, al leer los periódicos o escuchar los rumores que circulan! Y, pese al regocijo producido por esta venganza, adivino que también te abatirías, es tarde, demasiado tarde, ya nada puede hacerse para reparar los daños, para revivir a los cadáveres. La memoria está hecha de un material esponjoso, creemos que somos capaces de volver atrás, de subsanar los errores y devolverte lo que era tuyo, pero es mentira. Esta revolución es la involución, un salto hacia atrás, un retroceso. ¡Y la única manera de hacerte justicia, de reconstruir el pasado, sería corriendo hacia el futuro! Pero aquí no hay futuro, Ánniushka querida. Los reformistas son malas copias de mi padre: conejillos resentidos, ratones de laboratorio con sed de sangre o de dinero, sabandijas dispuestas a ocupar el lugar de los comunistas. Esto es, en esencia, lo que pasa: los débiles, los desheredados, las víctimas y los vencidos derriban las estatuas de sus opresores, pero sólo para colocar figuras de plásticos que los representan a ellos. Ya nadie teme enumerar los crímenes de Stalin, tu verdugo, e incluso algunos señalas los vicios de Lenin; dentro de poco ningún prócer estará a salvo. Hemos perdido incluso a nuestros enemigos, Ánniushka, y nos quedamos más solos y más desesperados. ¿Cómo hiciste tú para soportar tanta estupidez, tanta perfidia? Leí otra anécdota que te involucra, dime si es auténtica. Poco antes de que se iniciase la gran guerra patriótica, a Stalin se le ocurrió preguntar por ti: ¿qué ha sido de Anna Ajmatova, nuestra monja, es que ya no escribe? El miserable siempre había albergado inclinaciones intelectuales, se creía experto en lingüística y en historia, no quería limitarse a decidir la vida y la muerte de millones, sino que además se creía capaz de dictar las normas del buen gusto. Un académico le respondió: hace mucho que ella no publica nada, la Ajmatova es como una pieza de museo, una reliquia, aunque he leído dos o tres poemas suyos que circulan en samizdat y debo decir que no son malos. Stalin se veía como árbitro literario y ordenó que te permitieran publicar de nuevo. ¡Qué amable, qué magnánimo! Y entonces armaste un nuevo libro, una recopilación que te permitiría olvidar los años de silencio y de agonía, un libro que sería como un grito, como un rayo. A mediados de 1939 tenías listas las pruebas y sólo se requería el visto bueno de los censores para enviarlo a la imprenta. Entonces alguien golpeó a tu puerta. Como de costumbre, el mensajero traía malas noticias: mientras hojeaba tus textos, Stalin había reparado en uno de tus poemas, una velada crítica al horror y a la barbarie, y se había sentido traicionado. Ni siquiera se dio cuenta de que ese poema databa de 1922, cuando él aún no estaba en el poder: tus poemas jamás serían publicados. Por una razón que desconozco, Stalin sentía una atracción especial por ti, cierta debilidad hacia tu figura hierática, hacia tu dignidad o tu dolor. Cuando los alemanes sitiaron Leningrado, envió a uno de sus aviones para que Dmitri Shostakóvich y tú fuesen evacuados de la ciudad en llamas y acogidos en Tashkent. ¿Por qué lo hizo, Ánniushka? ¿Por qué no te permitió quedarte en Leningrado, tu amada San Petersburgo, clamando por tus muertos? ¿Por qué te arrancó de la tumba? ¿Acaso te quería? ¿Te deseaba en secreto? Imposible adivinar las fijaciones de las bestias. Yo temo que en efecto había una especia de infatuación de su parte, te concedía la vida como un turbio cortejo: quería que dejaras testimonio de su bondad y su grandeza, quería que te enamorases de él. Ay, Ánniushka, ¿qué habremos hecho para caer en este infierno o en este limbo que es Rusia? Aquí sólo habitan espectros. Si pudieses ver a Gorbachov, un leñador en traje de burócrata, o a Yeltsin, un campesino alcohólico y violento, tu risa se trocaría en llanto. Pero al menos puedo decirte una cosa: Stalin, tu demente enamorado, ya no provoca miedo, su nombre ya no asusta a los niños, su perfil ya no genera escalofríos. Muy pronto su nombre desaparecerá de calles, puentes, escuelas, plazas, ríos, montañas, edificios y ciudades. Y con Lenin, su escuálido predecesor, ocurrirá lo mismo. Y entonces habrás triunfado, Ánniushka. Tuya, Oksana Gorenko.

A lo McDonalds

Amanda tiene un aviso en Internet, junto a sus amigas, que se promocionan para tener sexo contigo. Puedes echarle un vistazo aquí. El texto de Amanda la describe «rubia, ojos azules, color de piel variado, cara tipo 7 y cuerpo tipo 4 & 5». Algunas de sus características pueden resultar difíciles de comprender en una lectura rápida, pero quedan aclaradas en cuanto comprendes que Amanda, en realidad, es de plástico.

Ella forma parte del catálogo de Real Dolls, una empresa que fabrica y distribuye muñecas inflables con características tan humanas que resultan mejores que las humanas de verdad. Piénsalo: no le temen a ninguna experiencia, no amanecen con ojeras, no tienen ni una palabra de protesta si eres un pésimo amante y se parecen eternamente a lo que quieras. Por lo demás, sus orificios corporales asemejan a la perfección a los de una fémina humana: los genitales producen un efecto de succión, y la cavidad bucal viene con suaves dientes y lengua de silicona. La piel es suave al tacto y no despide más olor que un suave aroma frutal, y los labios vaginales pueden manipularse a voluntad. Además, consiguen sostenerse en cuatro patas con ayuda de una almohada.

Real Doll no es una empresa machista, y para probarlo está Charlie (moreno, ojos marrones, tono de piel medio, cara 1, cuerpo 1), un ejemplar que nunca fallará a las chicas más exigentes en la medida en que su erección es perpetua. Sin embargo, hay que admitir que la mayor parte de su catálogo es para caballeros y ha sido diseñado pensando en tipos claros de varón. Los que prefieran la exótica belleza oriental tienen a Kaori, y los amantes de la sensualidad africana disponen de Melissa. Los fanáticos de los pechos optarán sin duda por Anna Mae, que por un suplemento trae el pelo rosado y pestañas de fantasía. Y todas (menos Charlie) vienen con minifalda, tacones y ropa interior, para que te hagas la ilusión de pelarla como a una fruta: no se puede pedir más por $7000.

El precio de una muñeca de estas equivale al de un caballo de buena calidad, pero si la tratas bien, la muñeca dura más. De hecho, la idea es que solucione para siempre tus problemas con las relaciones sexuales. Porque por mucho que se parezcan a las personas, las muñecas no tienen personalidad, ni voluntad, no exigirán nada de ti. Como el sexo telefónico, las películas pornográficas, los yogures sin lactosa o el café sin cafeína, las Reall Dolls son productos diseñados para saciar una necesidad sin producir los perjuicios del producto original: son un sucedáneo del sexo. Y sin embargo, si el sexo es definidio de un modo rigurosamente físico, el sucedáneo es más eficiente que el original, con el que a menudo es necesario conversar, por lo menos mientras ambos se emborrachan.

Supongo que vivimos en un mundo cada vez más solitario, donde la soledad entra en el mercado de forma cada vez más sofisticada. Pronto, quizá la ciencia consiga que estas muñecas también digan lo que uno quiere escuchar. La cuestión es que, cuando hablen, las muñecas entrarán en competencia con las prostitutas, que siempre se podrán conseguir a mejor precio, así que ese debe ser un nicho de mercado demasiado arriesgado. Al fin y al cabo, Real Doll está diseñada para un consumidor con una demanda clara y un apetito limitado, como un McDonalds del amor.

Pamuk

El jueves por la mañana, la pregunta, en la primera pantalla del sitio del periódico sueco Dagens Nyheter, era: “¿Vem tror du får Nobelpriset i litteratur?”. No hay que entender sueco para saber lo que pedía el gran diario de la burguesía de Estocolmo. Era un sondeo sobre el próximo ganador del Premio Nobel de Literatura.

Pero lo más interesante era el dispositivo para votar: el internauta tenía que escoger en una lista de 13 nombres. El diario tenía una gran fe en la calidad de su información como para atreverse a reducir el campo de la oferta. Y de hecho no se equivocó: el novelista turco Orhan Pamuk figura en la lista, al lado de 12 otros apellidos.

Como Dagens Nyheter es el diario mejor informado de Suecia, vale la pena guardar la lista de los 12 “perdedores” para el año que viene. Son:

Adonis
John Ashbery
Inger Christensen
Assia Djebar
Don DeLillo
Nuruddin Farah
Amos Oz
Mario Vargas Llosa
Joyce Carol Oates
Philip Roth
Tomas Tranströmer
Ko Un

Podemos también saludar la prudencia del diario: proponía votar para “någon annan”, o sea por otro escritor. Entre los 12, hay que notar la presencia de cinco poetas y/o de cuatro americanos. La academia no cambia: representación de la poesía y del idioma inglés.

Omar Pamuk

Todos los periódicos de este viernes recuerdan cómo el novelista Omar Pamuk, galardonado con el Premio Nobel de Literatura, rechazó, hace siete años, la oferta de ser “artista del estado” antes, hace unos meses, de prepararse para un juicio frente al tribunal de Sisli, en Estambul, por un ataque a la “identidad turca”.

Según el artículo 301 del código penal turco, el tribunal podía pronunciar una pena de tres años de cárcel al seguir la petición de un fiscal cuya actividad se inspira todavía en el derecho italiano de la época del fascismo. La base del delito era una entrevista del escritor en 2005 a un diario suizo; Pamuk decía: “Un millón de armenios y treinta mil kurdos han sido matados en Turquía”.

Lo extraño fue lo que ocurrió en Francia, en la cámara de los diputados, unas horas antes del anuncio del premio a Pamuk. Por 106 votos en contra de 19, los diputados adoptaron una proposición de ley del partido socialista que castiga con un año de cárcel y una multa de 45.000 euros el hecho de negar en público la existencia del genocidio de los armenios por los turcos en 1915. Lo que decía Pamuk (que, al final, no fue juzgado) era un delito en Turquía; ahora decir lo contrario en Francia será un delito si el senado aprueba también esta nueva ley.

Thanatos

Corea, la bomba atómica, las radiaciones de Palomares, las emigraciones extremas, el ascenso de la extrema derecha, el asesinato fascista de una periodista en Moscú, las torturas norteamericanas o chinas, la sequía y el sol inclemente, la inflación o el populismo, son parte de la constelación de signos que parecen pronosticar una siniestra vuelta atrás.
La inauguración del siglo XXI prometía, en sus primeros años, un paso hacia el más allá, pero el miedo cultivado y reproducido ha encogido el desarrollo histórico y la involución ocupa ya el lugar de la evolución.
Se trata solo de una primera impresión puesto que la ciencia ha franqueado lindes importantes pero en la evocación de los primeros años del siglo XX y en vísperas de la Gran Guerra ¿no sucedía también algo igual?
La ausencia de la tercera guerra mundial se ha instalado en la imaginación colectiva como un horror vacui. Una inconsolable desazón.
Nada obliga necesariamente a una tercera guerra mundial, pero ¿cómo negar que en esta relativa calma se masca relativamente la tragedia?
Desde el ataque del 11-M a la guerra de Irak, desde las revueltas islámicas al jugueteo iraní y la actual prueba nuclear corre un vicioso pespunte con el horror. O todavía más netamente: la difusión universal del temor y el miedo como forma de vida recrea una situación de preguerra que aun siendo una representación provoca un efecto físico incuestionable. ¿Es la tercera guerra mundial el terrorismo según Bush? ¿Es la tercera guerra mundial el choque de civilizaciones de Huntington? ¿Es la tercera guerra mundial el calentamiento del planeta en Gaia? ¿Será la guerra aviar la tercera guerra mundial?
¿Una psicosis de aniquilación brotando de cualquier parte promueve un sistema único de pánico total? ¿Verdadero? ¿Falso? Lo decisivo viene a ser la actitud de la masa ávida por disfrutar el presente a toda costa y escéptica respecto a la llegada misma del porvenir.
No future clamaban los punkies de los setenta cuando el mundo se quemaba en la crisis de la energía y los límites del crecimiento se antojaban bloques de acero acercándose para aplastarnos. En esa tesitura no había más ventura que la respiración. Y el instante, como en los poemas de Paz, adquiría categoría eterna.
Hoy, sin embargo, la eternidad y su eufemismo han desaparecido incluso del habla. Y no digamos de la vista.
Del mismo modo que los amenazados por el bombardeo inminente encuentran un altísimo sentido en la amistad del otro, la humanidad conectada como nunca antes entre sí parece enredarse en un abrazo planetario. ¿Estallará La Bomba ya? Nada parece más improbable y tan probable. Sin futuro no hay predicción y en tanto aumentan las posibilidades crece el azar de la Guerra Mundial.
¿Quién puede esperar algo así? Y, sin embargo, ¿en cuántas ocasiones al día no se alerta sobre el peligro de destrucción global? O bien, ¿en cuántos de los diagnósticos sociales, políticos, culturales, no se trasluce la voluptuosa observación de la muerte: la muerte de la sociedad, de la política, de la cultura, la absoluta victoria de lo peor.

Memorias del Club Chufa --- Con motivo de mi post 100

Éste es un texto que debí escribir hace mucho tiempo; sin embargo, hasta el día de hoy me he sentido listo. Adelanto que no soy especialista en el tema y me baso en lo que he leído y conversado con los integrantes del Cotufa. El más reciente post de mi colega de bitácora, Carlos Mal Pacheco, acerca del Club Chufa me ha motivado para contactar por vía e-mail o Messenger a sus miembros que permanecen dispersos a estas alturas. Sus comienzos estuvieron marcados por una acentuada amistad originada por la fascinación de los textos del absurdo, en especial los escritos por Jarry. De ahí a la televisión de cable, Mtv, clichés del cine de acción y lugares comunes del anime japonés. Según contaba Lope, los miembros del Club más entusiastas eran Carlos Mal y Fugo Medina, aunque éste último ya se ha desligado por completo de ellos.
Se sabe que la organización transitó por momentos difícil, desde la aparición del enemigo Club del Yelmo, pasando por las etapas individuales (Mal, creacionistas; Lope, socialista; Fugo, comunista y budista, bajo la negativa influencia de su ex novia oriental), hasta la etapa académica y recargada más hacia la poesía. Pero por irracional que parezca, los malos momentos han sido solventados y el Club siempre ha contado con proyectos. Uno de ellos importantísimo: La revista Club Chufa Zine, una clara burla de las revistas underground y prohibidas en regímenes totalitarios. Hablando con Lope, opinó que fue un error la participación activa de los miembros del Club en la mal reputada revista Letras sobre papel, de Omar Cadena, aunque afirma que fue parte importante para conocer el punto de vista de otros artistas en ciernes.
Mal refirió, por ejemplo, que antes de esos dos momentos ya tenían demasiados cuentos, cuya constante era llevar al lector por los rieles de una narración tradicional, pero que a final de cuentas conducían a la sinrazón del lenguaje, mecanismo efectivo a la hora de impresionar a una mente educada en los modelos de Hollywood y la televisión de baja calidad.
Fugo recuerda con cierta sorna las absurdas discusiones acerca del lenguaje, “como si eso decidiera algo o ya con eso contribuyeramos al mundo con lo mejor de nosotros”. Los cuentos, que fue el producto por antonomasia de este Club, ya que no es un movimiento o siquiera una tendencia, generalmente son descripciones amplias que tal parecieran desarrollan un conflicto, que a su vez llevará a un climax y a un deselance magnánimo. El lector se siente obligado a predecir lo que sucederá. Nada más alejado de la ruin realidad. Si estos cuentos se vendieran bajo el rubro de relato en su sentido tradicional, estaríamos ante una estafa… aunque claro, pocos lectores podrán darse cuenta que han sido timados. Y según Pacheco, ese era el sentido de escribir cuentos: molestar al lector.
Los cuentos del Club son anticlimáticos o terminan en el momento del climax, robándole al escucha la mejor parte. Qué pensar de una historia que relata cómo un kilo de tomates se hacen salsa; o del robot que destruye una ciudad sin explicaciones mediadas, in medias res; o de un tipo que va a comprar tornillos y uno de los tornillos cuenta cómo fue hecho, además de que se necesita acomodar el molesto papel que incluye para poderlo leer completamente… o de la historia que cuenta cómo el Mario Bros se vuelve existencialista y escéptico del lenguaje… o de la noveleta de asesinatos El Club Chufa, con un homicida retardado y decididamente estúpido, o del cuento donde Santa Anna, el dictador mexicano, se bate en la playa contra los personajes de los cereales Kellogs, donde por cierto se revela que son franceses… así son los cuentos del mejor Chufa que conozco.
Hoy en día sus historias son muy distintas… un escritor enamorado enredado con una historia de espionaje… o del detective cuyo último caso se relaciona con Chernobyl…, o la ambiciosa novela sobre Soren Kierkegaard… es claro que están buscando otros derroteros… claro, sus autores ya se han alejado, han buscado vías personales, han asumido compromisos con otra poética, lo cual, pienso, hacen los buenos escritores, aunque los resultados finales no gusten a todos.
Quedan para el año entrante, sin embargo, varias sorpresas que dará el Club, la culminación de viejos proyectos, del año 1998, para ser exactos. Fugo, Mal y Smooth terminan por estos días una novela de casi 800 páginas; Mal, por su parte, ofrecerá a imprenta El Club Chufa, Siglo de Oro; Lope terminará un álbum fotográfico con documentos e imágenes de la época, en su libro Cotufa, conspiración mal hecha (según confesó Fugo); y Fugo Rock and Roll al fin dará a conocer el primer libro de la trilogía Gametech, todo material que será lanzado, al parecer, por una editorial importante y de la cual omito el nombre para no adelantarme.
Yo, como miembro honorario del Club, también publicaré algo. Será la antología de cuentos del Club Chufa que abarca la producción de entre los años de 1998 y 2001, con escritos de Mal, Lope y Fugo; libro que tentativamente se llamará Trinidad Chufa. Para los que piensen que el Club está muerto, les tengo Mal-as noticias: Mal volverá de las montañas volcánicas de Tucson; Lope bajará de las cimas del Sinaí y Fugo regresará de su encierro espiritual para intentar hacer algo diferente en la región, lo cual espero sea posible. Como crítico, dudo que lo logren. Como fan, espero que sus proyectos sean buenos y no me decepcionen. El año 2007 promete ser Chufa, y jura ser Club.