viernes, abril 11, 2008 en 7:42 AM Publicado por Dino Trajeado
A decir verdad, el idilio olímpico de China había durado lo suficiente, incluso lo impensado. Baste ya: el mundo ha sido cómplice de las tropelías del siempre sospechoso gobierno chino y sus prácticas inhumanas. Desde que anunciaron que China iba a organizar los Juegos Olímpicos de 2008 pensé que había sido un error. Sabemos lo suficiente: ese país atenta a menudo con la libertad de expresión, persigue a sus escritores como si fueran terroristas y censuran Google para ocultar las imágenes humillantes de la plaza de Tiananmen.
¿Es correcto llevar un evento tan importante a un país que atenta contra el espíritu milenario del certamen que nació en Grecia? Es conocido por todos que China ha mantenido una relación hostil con el Tíbet y que si fuera por ellos ya hubieran convertido esas montañas místicas en mero paisaje estéril. Un error ideológico tan básico fue minimizado por la organización olímpica al consentir las facilidades económicas que China ofrece, como si hubieran pensando que el conflicto religioso-comunista se resolvería con la antorcha.
Los juegos se harán, sin duda, pero no quiero imaginar los costos humanos que vendrán. Hemos visto que los soldados chinos son capaces de asesinar rapazmente a un monje desarmado, en nombre de la colectividad. No seamos condescendientes: China pretende ocultar su fascismo histórico con su marketing olímpico. Afortunadamente, la cobertura ha sido insistente y cada vez más China muestra su lado torcido, su faz totalitaria. Es lamentable que se haya ignorado o subestimado: ahora el comisionado olímpico ha reconocido que hay una crisis, después de varios años de miopía, falta de tacto y desinterés.
No es la primera vez que ha ocurrido: desde Munich hasta el boicot de Los Angeles por la guerra fría. El Dalai Lama declaró que China merece organizar los Juegos a pesar de la represión encarnizada, aunque algunos atletas se han negado a asistir. Los tiempos han cambiado y en plena efervescencia de Internet es imposible ocultar las atrocidades y las prácticas violentas de disuasión. Llevar la llama de Olimpia a la misma entraña de Beijing es una ironía del lujo burgués propio de una novela de Ha Jin.
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viernes, abril 04, 2008 en 6:42 AM Publicado por Dino Trajeado
Después del éxito que significó Trainspotting para Danny Boyle, The Beach y 28 Days Later fueron películas que no pudieron llenar las enormes expectativas generadas por la aventura ácida de Mark Renton y sus compinches. Pero con Sunshine, Boyle reafirma que sus virtudes como cineasta van en franco perfeccionamiento a pesar de que incursiona por primera vez en el siempre complicado y estricto género de la ciencia ficción. Con un estilo pulcro y sereno, Sunshine narra la historia de la tripulación del Ícaro II cuya misión es la de lanzar una bomba directamente en el sol para impedir que se apague.
En su viaje descubren que la extraviada Ícaro I, nave que siete años antes había intentado la misma misión pero con resultados fallidos, aún emite señales de vida. Como se puede adivinar, los ocho astronautas deciden desviarse para abordar la nave perdida y así poder descubrir la causa de su fracaso. Como consecuencia, comienzan a experimentar dificultades por cambiar de trayectoria. Pierden al mismo capitán, en una de las escenas más bien logradas del film (junto con las imágenes de los ocupantes carbonizados de la Ícaro I, como en plena apoteosis en la sala de observación solar).
La reflexión constante de que el destino de la materia viva es perecer en el polvo hace contraste con la latente soberbia científica que entraña la misión de revivir al mismo sol. Empresa titánica, como la del mismo Ícaro de la mitología. En contra del pensamiento pragmático y básico de la supervivencia que permea al film, se establece el contrapunto con las meditaciones metafísicas y teológicas: ¿Debemos aceptar que Dios ha dictado extinguirnos? ¿O podemos desafiar el sentido común, como Ícaro?
Hacia el final, la figura espectral del capitán sobreviviente del Ícaro I, quemado y consumido por la locura que lo ha inoculado durante siete años de soledad, irrumpe para detener la misión y así cumplir con el designio divino. Memorable la escena cuando aparece envuelto en el halo dorado de fuego y explica su afán estremecedor de ser el último hombre a solas en el universo con Dios. Como un ser iluminado por una extraña fe que no podemos vislumbrar en su total complejidad, el astronauta-filósofo ha interiorizado el viaje como un descubrimiento espiritual trascendente.
El ritmo de la cinta, primero acompasado y finalmente vertiginoso, es contundente y bien equilibrado. No podría decir que la película es perfecta, pero sí una de mis favoritas. La metáfora del viaje como descubrimiento de la divinidad se deriva como una necesidad creada por el ambiente claustrofóbico de los pasadizos a la usanza de Alien, donde parece que todo vestigio de Dios ha sido desalojado. A final de cuentas, la cinta plantea adecuadamente el eterno conflicto entre la activa soberbia científica y la pasiva aceptación de los designios superiores. Ambas funcionan como las dos caras de una misma epifanía.
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miércoles, abril 02, 2008 en 3:10 AM Publicado por Dino Trajeado
El problema con la película galardonada en la pasada edición de los premios Oscar es que uno cree que verá un film, a lo menos, coherente y por ello completo. Los afamados hermanos Coen, que no sé por qué convencen tanto, nos relatan una historia millones de veces contadas: un psicópata detrás del rastro de un maletín con dos millones de dólares que ha sido hurtado azarosamente.
Si lo único original de la historia es mostrarnos que el monótono Anton Chigurh, interpretado, eso sí, por el memorable Javier Bardem, no es invencible, pues me parece una estupidez. O tal vez, se dice uno, lo magistral reside en el juego de azar que tratan de establecer con pobres resultados. Pero, en ese sentido, ¿qué le pasó a Babel el año pasado? La última escena en donde participa Chigurh se empeña en mostrarnos, por si no nos dimos cuenta, que la idea de fatalidad envuelve el destino de los personajes.
También ocurre que uno no sabe si el personaje que tiene el dinero es retardado porque siempre termina metiéndose en la boca del lobo. La resolución que le dan a este personaje es tan insípida que impacta, no por ello, sino por la escasa profundidad que se le brinda después de compartir con él más de la hora de metraje. La conclusión de la película, que intenta ser reflexiva, entra forzada y evidencia la inhabilidad de los hermanos Coen por darle un final definido y digno.
Los directores tocan demasiadas dimensiones narrativas sin tener la maestría de Tarantino, con lo que nos dan un relato que no puede atreverse a la psicología que pretende porque debe atender a todos los implicados. Tampoco se definen en el estilo: al inicio el largometraje es explícito, después reina la reticencia. Las secuencias se cortan cuando van a alcanzar la tensión debida: el momento de la tienda y el volado es brillante, pero la situación del encuentro de la esposa y Chigurh es lo opuesto.
Con películas tan buenas y no nominadas, como la épica Zodiac o la cruda American Gangster, uno no entiende por qué la academia premia las cintas más triviales. Como digo: un planteamiento trilladísimo que ya se ha convertido lugar común en la cinematografía de los grandes directores. Entre la telenovela teen que es Juno, la floja There Will Be Blood, la intrascendente Michael Clayton o la insípida No Country for Old Men, me quedo, por mucho, con la pieza maestra de Atonement. Pienso que la asignación del premio se debió a factores de legitimidad, de la seguridad elemental da apegarse al establishment. Afortunadamente no todas las ganadoras de estos premios pasan la prueba del tiempo. Esperemos que sea el caso.
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viernes, marzo 28, 2008 en 6:30 PM Publicado por Dino Trajeado
No quiero que crea que escribo esto como un acto de conciencia: quiero mi hacha de vuelta. Aquí en Siberia, donde me han traído para “expiar” mis culpas, el frío me ha hecho pensar en el hacha y en lo injusto que sería que usted se la quedara. Es verdad que me siento solo y que la compañía del instrumento con el que la partí me vendría bien como una conquista filosófica…
Pero qué ha de saber usted de cosas abstractas, anciana usurera, llagada y pestífera. Compadezco a los gusanos que tendrán la necesidad de alimentarse con su carne putrefacta. Usted nomás sabe de estafas, de dinero y de torturar a las personas que no tienen nada. Por eso no me arrepiento de lo que hice. Muy al contrario.
Lo único que lamento es haber olvidado dónde dejé el hacha. Como todos sabemos que es una vieja ladrona, he supuesto que me la ha robado para de alguna manera vengarse de mí. Si es así, ojalá que los demonios se la arrebaten de sus momificadas manos de bruja y la vuelvan a matar con ella.
Exijo que antes de que eso ocurra, me regrese lo que es mío. Si me hubiera hurtado los libros de derecho o algunas monedas no habría tanto rencor en mis palabras. ¡Pero es mi hacha! ¿Entiende el posesivo? ¡Puta vieja! ¡Acomódese el arma homicida en cualquier parte de su anatomía si es que no la recibo de vuelta!
Con sincera rabia firmo este billete…
R. R. R.
Etiquetas: ciencia ficción, Crimen y castigo, cuento, Dostoievski 2 comentarios
miércoles, marzo 26, 2008 en 2:28 AM Publicado por Dino Trajeado
La película que lanzó al estrellato al magnífico cineasta Chan-Wook Park me ha sorprendido agradablemente. Joint Security Area (2000) es la historia de cuatro soldados de guardia en la línea divisoria entre Corea del Norte y Corea del Sur, dos de cada lado que terminan entablando una secreta amistad. Lo peor ocurre: uno de ellos es asesinado en la caseta del Norte con lo que se desatan las hostilidades. Para evitar la guerra, agentes neutrales son enviados para resolver la contingencia.
Aunque gran parte del film se enfoca al desarrollo de esta amistad furtiva, sólo sirve de marco para comprender las escenas iniciales donde somos testigos del crimen y de la aparición de la agente asignada realizando las pesquisas. Es una verdadera delicia ver cómo este director mezcla, separa y une las imágenes de sus filmes que aparentemente son caóticas e insignificantes. Es claro que es una habilidad difícil de copiar cuando no se sabe que la cámara es un elemento al servicio de la narrativa y que, más allá de mostrar, debe establecer una atmosfera que sensibilice al espectador.
Por ello, uno esperaría el fácil artificio de que los coreanos del norte son malvados, mientras que los del lado capitalista son heroicos. Nada más equivocado. Park establece que sus personajes principales están más allá de las ideologías, incluso la guerra termina siendo tan absurda que resulta necesaria para mantener la amistad. Una historia pendular: por un lado conmueve hondamente el desenlace de los protagonistas, tan complejos y ambiguos como gustan a Park; por otro, es un film sumamente deprimente, dominado por la sinrazón de un mundo violento que termina por transformar a las personas en contra de su voluntad y creencias.
Park ha desarrollado un universo particular efectivo e impactante en virtud de su coherencia y su limpieza estilística y ética. Lo que aplaudo y admiro es su patente pasión por contar historias; también agrada que nunca olvida ni subestima a sus espectadores. A diferencia de la mayoría del cine de “arte” europeo que cubre su reticencia de narrar con parafernalia visual vacua, o con el bobo cine hollywoodense que piensa que todos somos norteamericanos o que desestima la inteligencia de la audiencia, el cine de Park (o el de Bong Joon-ho) no teme desafiarnos y ahondar en relatos espinosos o incorrectamente políticos: si ya han visto Joint Security Area lo entenderán si recuerdan la última imagen poética y estática de la cinta que nos devuelve un sentido que creíamos extraviado. Pero, amargamente, sólo agudizará la sensación de que la desesperanza nos encajona en un rincón violento de nuestro absurdo planeta.
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