Crisis olímpica


A decir verdad, el idilio olímpico de China había durado lo suficiente, incluso lo impensado. Baste ya: el mundo ha sido cómplice de las tropelías del siempre sospechoso gobierno chino y sus prácticas inhumanas. Desde que anunciaron que China iba a organizar los Juegos Olímpicos de 2008 pensé que había sido un error. Sabemos lo suficiente: ese país atenta a menudo con la libertad de expresión, persigue a sus escritores como si fueran terroristas y censuran Google para ocultar las imágenes humillantes de la plaza de Tiananmen.


¿Es correcto llevar un evento tan importante a un país que atenta contra el espíritu milenario del certamen que nació en Grecia? Es conocido por todos que China ha mantenido una relación hostil con el Tíbet y que si fuera por ellos ya hubieran convertido esas montañas místicas en mero paisaje estéril. Un error ideológico tan básico fue minimizado por la organización olímpica al consentir las facilidades económicas que China ofrece, como si hubieran pensando que el conflicto religioso-comunista se resolvería con la antorcha.


Los juegos se harán, sin duda, pero no quiero imaginar los costos humanos que vendrán. Hemos visto que los soldados chinos son capaces de asesinar rapazmente a un monje desarmado, en nombre de la colectividad. No seamos condescendientes: China pretende ocultar su fascismo histórico con su marketing olímpico. Afortunadamente, la cobertura ha sido insistente y cada vez más China muestra su lado torcido, su faz totalitaria. Es lamentable que se haya ignorado o subestimado: ahora el comisionado olímpico ha reconocido que hay una crisis, después de varios años de miopía, falta de tacto y desinterés.


No es la primera vez que ha ocurrido: desde Munich hasta el boicot de Los Angeles por la guerra fría. El Dalai Lama declaró que China merece organizar los Juegos a pesar de la represión encarnizada, aunque algunos atletas se han negado a asistir. Los tiempos han cambiado y en plena efervescencia de Internet es imposible ocultar las atrocidades y las prácticas violentas de disuasión. Llevar la llama de Olimpia a la misma entraña de Beijing es una ironía del lujo burgués propio de una novela de Ha Jin.

Sunshine: la epifanía de Boyle


Después del éxito que significó Trainspotting para Danny Boyle, The Beach y 28 Days Later fueron películas que no pudieron llenar las enormes expectativas generadas por la aventura ácida de Mark Renton y sus compinches. Pero con Sunshine, Boyle reafirma que sus virtudes como cineasta van en franco perfeccionamiento a pesar de que incursiona por primera vez en el siempre complicado y estricto género de la ciencia ficción. Con un estilo pulcro y sereno, Sunshine narra la historia de la tripulación del Ícaro II cuya misión es la de lanzar una bomba directamente en el sol para impedir que se apague.


En su viaje descubren que la extraviada Ícaro I, nave que siete años antes había intentado la misma misión pero con resultados fallidos, aún emite señales de vida. Como se puede adivinar, los ocho astronautas deciden desviarse para abordar la nave perdida y así poder descubrir la causa de su fracaso. Como consecuencia, comienzan a experimentar dificultades por cambiar de trayectoria. Pierden al mismo capitán, en una de las escenas más bien logradas del film (junto con las imágenes de los ocupantes carbonizados de la Ícaro I, como en plena apoteosis en la sala de observación solar).


La reflexión constante de que el destino de la materia viva es perecer en el polvo hace contraste con la latente soberbia científica que entraña la misión de revivir al mismo sol. Empresa titánica, como la del mismo Ícaro de la mitología. En contra del pensamiento pragmático y básico de la supervivencia que permea al film, se establece el contrapunto con las meditaciones metafísicas y teológicas: ¿Debemos aceptar que Dios ha dictado extinguirnos? ¿O podemos desafiar el sentido común, como Ícaro?


Hacia el final, la figura espectral del capitán sobreviviente del Ícaro I, quemado y consumido por la locura que lo ha inoculado durante siete años de soledad, irrumpe para detener la misión y así cumplir con el designio divino. Memorable la escena cuando aparece envuelto en el halo dorado de fuego y explica su afán estremecedor de ser el último hombre a solas en el universo con Dios. Como un ser iluminado por una extraña fe que no podemos vislumbrar en su total complejidad, el astronauta-filósofo ha interiorizado el viaje como un descubrimiento espiritual trascendente.


El ritmo de la cinta, primero acompasado y finalmente vertiginoso, es contundente y bien equilibrado. No podría decir que la película es perfecta, pero sí una de mis favoritas. La metáfora del viaje como descubrimiento de la divinidad se deriva como una necesidad creada por el ambiente claustrofóbico de los pasadizos a la usanza de Alien, donde parece que todo vestigio de Dios ha sido desalojado. A final de cuentas, la cinta plantea adecuadamente el eterno conflicto entre la activa soberbia científica y la pasiva aceptación de los designios superiores. Ambas funcionan como las dos caras de una misma epifanía.

La mala No Country for Old Men


El problema con la película galardonada en la pasada edición de los premios Oscar es que uno cree que verá un film, a lo menos, coherente y por ello completo. Los afamados hermanos Coen, que no sé por qué convencen tanto, nos relatan una historia millones de veces contadas: un psicópata detrás del rastro de un maletín con dos millones de dólares que ha sido hurtado azarosamente.


Si lo único original de la historia es mostrarnos que el monótono Anton Chigurh, interpretado, eso sí, por el memorable Javier Bardem, no es invencible, pues me parece una estupidez. O tal vez, se dice uno, lo magistral reside en el juego de azar que tratan de establecer con pobres resultados. Pero, en ese sentido, ¿qué le pasó a Babel el año pasado? La última escena en donde participa Chigurh se empeña en mostrarnos, por si no nos dimos cuenta, que la idea de fatalidad envuelve el destino de los personajes.


También ocurre que uno no sabe si el personaje que tiene el dinero es retardado porque siempre termina metiéndose en la boca del lobo. La resolución que le dan a este personaje es tan insípida que impacta, no por ello, sino por la escasa profundidad que se le brinda después de compartir con él más de la hora de metraje. La conclusión de la película, que intenta ser reflexiva, entra forzada y evidencia la inhabilidad de los hermanos Coen por darle un final definido y digno.


Los directores tocan demasiadas dimensiones narrativas sin tener la maestría de Tarantino, con lo que nos dan un relato que no puede atreverse a la psicología que pretende porque debe atender a todos los implicados. Tampoco se definen en el estilo: al inicio el largometraje es explícito, después reina la reticencia. Las secuencias se cortan cuando van a alcanzar la tensión debida: el momento de la tienda y el volado es brillante, pero la situación del encuentro de la esposa y Chigurh es lo opuesto.


Con películas tan buenas y no nominadas, como la épica Zodiac o la cruda American Gangster, uno no entiende por qué la academia premia las cintas más triviales. Como digo: un planteamiento trilladísimo que ya se ha convertido lugar común en la cinematografía de los grandes directores. Entre la telenovela teen que es Juno, la floja There Will Be Blood, la intrascendente Michael Clayton o la insípida No Country for Old Men, me quedo, por mucho, con la pieza maestra de Atonement. Pienso que la asignación del premio se debió a factores de legitimidad, de la seguridad elemental da apegarse al establishment. Afortunadamente no todas las ganadoras de estos premios pasan la prueba del tiempo. Esperemos que sea el caso.

Raskolnikoviano



Vieja: devuélvame el hacha. Sé que esto le parecerá una petición fuera de lugar después de tanto tiempo de lo que se supone fue un crimen. Usted sabe bien que merecía morir y que yo estaba en todo mi derecho cósmico de cumplir con el hado sangriento del asesinato. Lo siento por Lisbeth, su bondadosa hermana, pero no tenía opción.

No quiero que crea que escribo esto como un acto de conciencia: quiero mi hacha de vuelta. Aquí en Siberia, donde me han traído para “expiar” mis culpas, el frío me ha hecho pensar en el hacha y en lo injusto que sería que usted se la quedara. Es verdad que me siento solo y que la compañía del instrumento con el que la partí me vendría bien como una conquista filosófica…


Pero qué ha de saber usted de cosas abstractas, anciana usurera, llagada y pestífera. Compadezco a los gusanos que tendrán la necesidad de alimentarse con su carne putrefacta. Usted nomás sabe de estafas, de dinero y de torturar a las personas que no tienen nada. Por eso no me arrepiento de lo que hice. Muy al contrario.


Lo único que lamento es haber olvidado dónde dejé el hacha. Como todos sabemos que es una vieja ladrona, he supuesto que me la ha robado para de alguna manera vengarse de mí. Si es así, ojalá que los demonios se la arrebaten de sus momificadas manos de bruja y la vuelvan a matar con ella.


Exijo que antes de que eso ocurra, me regrese lo que es mío. Si me hubiera hurtado los libros de derecho o algunas monedas no habría tanto rencor en mis palabras. ¡Pero es mi hacha! ¿Entiende el posesivo? ¡Puta vieja! ¡Acomódese el arma homicida en cualquier parte de su anatomía si es que no la recibo de vuelta!


Con sincera rabia firmo este billete…

R. R. R.

La línea que divide a Corea



La película que lanzó al estrellato al magnífico cineasta Chan-Wook Park me ha sorprendido agradablemente. Joint Security Area (2000) es la historia de cuatro soldados de guardia en la línea divisoria entre Corea del Norte y Corea del Sur, dos de cada lado que terminan entablando una secreta amistad. Lo peor ocurre: uno de ellos es asesinado en la caseta del Norte con lo que se desatan las hostilidades. Para evitar la guerra, agentes neutrales son enviados para resolver la contingencia.


Aunque gran parte del film se enfoca al desarrollo de esta amistad furtiva, sólo sirve de marco para comprender las escenas iniciales donde somos testigos del crimen y de la aparición de la agente asignada realizando las pesquisas. Es una verdadera delicia ver cómo este director mezcla, separa y une las imágenes de sus filmes que aparentemente son caóticas e insignificantes. Es claro que es una habilidad difícil de copiar cuando no se sabe que la cámara es un elemento al servicio de la narrativa y que, más allá de mostrar, debe establecer una atmosfera que sensibilice al espectador.


Por ello, uno esperaría el fácil artificio de que los coreanos del norte son malvados, mientras que los del lado capitalista son heroicos. Nada más equivocado. Park establece que sus personajes principales están más allá de las ideologías, incluso la guerra termina siendo tan absurda que resulta necesaria para mantener la amistad. Una historia pendular: por un lado conmueve hondamente el desenlace de los protagonistas, tan complejos y ambiguos como gustan a Park; por otro, es un film sumamente deprimente, dominado por la sinrazón de un mundo violento que termina por transformar a las personas en contra de su voluntad y creencias.


Park ha desarrollado un universo particular efectivo e impactante en virtud de su coherencia y su limpieza estilística y ética. Lo que aplaudo y admiro es su patente pasión por contar historias; también agrada que nunca olvida ni subestima a sus espectadores. A diferencia de la mayoría del cine de “arte” europeo que cubre su reticencia de narrar con parafernalia visual vacua, o con el bobo cine hollywoodense que piensa que todos somos norteamericanos o que desestima la inteligencia de la audiencia, el cine de Park (o el de Bong Joon-ho) no teme desafiarnos y ahondar en relatos espinosos o incorrectamente políticos: si ya han visto Joint Security Area lo entenderán si recuerdan la última imagen poética y estática de la cinta que nos devuelve un sentido que creíamos extraviado. Pero, amargamente, sólo agudizará la sensación de que la desesperanza nos encajona en un rincón violento de nuestro absurdo planeta.

3:10 To Yuma


La nueva versión del clásico western 3:10 To Yuma, dirigido en 1957 por Delmer Daves, me ha sorprendido. A juzgar por los afiches promocionales pensé que sería un largometraje pretensioso, y a decir por el actor principal, Russell Crowe, deduje que sería un desastre. La verdad es que Christian Bale, que encarna a un granjero con problemas económicos y hondos conflictos familiares, hace una magnífica mancuerna con Crowe y, además, le roba por mucho el protagónico.

La historia cuenta cómo es que Ben Wade (Crowe), un bandido peligrosísimo es capturado y es remitido a la prisión de Yuma. Dan Evans (Bale), necesitado de la recompensa que se ofrece por escoltar al mercenario, decide trasladar a Wade al tren que sale para Yuma a las 3:10 pm. Como se puede adivinar, la misión es arriesgada puesto que la banda de Wade le pisa los talones a la diligencia enviada para subirlo al tren.


Aunque se puede pensar que la aventura emprendida por el granjero se debe a pruritos económicos, descubrimos que los motivos psicológicos son más persuasivos: una esposa desesperanzada, unos hijos escépticos que le recuerdan siempre su cobardía y su pasividad ante los prepotentes administradores del pueblo que le cortan el agua y le queman el establo por una deuda no saldada. En un momento del film, la familia conoce a Wade y los hijos, ante la figura legendaria, casi terminan por admirar al pistolero.


A final de cuentas, la historia desarrolla inteligentemente la transformación de los dos protagonistas. Aunque a veces parece que cae en el maniqueísmo, la narración se resuelve, como toda buena película del género del viejo oeste, bajo el signo de la ambigüedad. Una adecuada formulación de lo indistinguible que llega ser el bien del mal; una delicada visión de la sobrevivencia humana en un mundo hostil y una meditación sobre si la moral y el sentido de justicia son conceptos inmutables e innatos.


Es una cinta que ahonda en el dilema del sacrificio o la comodidad de la aceptación de las cosas tal y como son. Una deliberación sobre si hay alguna humanidad o motivación existencial en los hombres amorales. Sin duda estamos ante una película quizá no prodigiosa, pero que cumple excepcionalmente con la resolución, el ritmo, las actuaciones y los escenarios. Una buena opción para estos días en que debemos cavilar sobre los principios que nos definen como seres humanos.

Arthur C. Clarke, de menos...


Este 19 de marzo nos dejó el gran divulgador científico y escritor de ciencia ficción. Arthur C. Clarke había cumplido 90 años en diciembre. Otra mente privilegiada que nos dice adiós, pero afortunadamente nos ha heredado una vasta e inteligente obra. Les dejo una entrevista del año pasado, muy interesante. También pongo la fuente para que la lean completa. Descanse en paz.

"La colonización del espacio es el próximo paso lógico en nuestra evolución como especie. Es el gran paso sucesivo al que condujo a nuestros antepasados, cuando eran peces, a salir del mar y asentarse en tierra firme. Imagine un pez tradicionalista que, hace mil millones de años, decía a sus parientes anfibios: ‘la vida sobre tierra firme no tiene nada que ver con la marina. Nosotros estamos bien aquí donde estamos’. Eso fue lo que hicieron los peces y siguen siendo peces. Nuestros descendientes que vivirán en la Luna o en Marte, ciertamente visitarán la Tierra de vez en cuando, con sus trajes especiales para soportar la tremenda gravedad de la tierra y sus máscaras antigás para filtrar los innumerables malos olores que nuestro planeta aprendió a generar durante su larga historia de millones de años. Pero no creo que quieran vivir en la tierra permanentemente".

Lean la entrevista en el Mundo.es.

Calentamiento global


Cuando una persona se atreve a dudar de la teoría dominante del calentamiento global, resulta curiosa la forma de coacción moral con la que se le reprende, máxime si es un científico, intelectual, jefe de estado o representante gubernamental. No queda de otra: es un cómplice del mal, de las grandes industrias responsables de los trastornos climáticos y del fin del mundo. La tesis, que ya es una ortodoxia, explica que las emisiones de CO2 son las causantes del desajuste en los ciclos de la naturaleza: reubicación de las lluvias, sequías e inundaciones; deshielo de los cascos polares, incremento del nivel del mar; huracanes más devastadores y constantes; escasez de agua y enfermedades, desaparición de especies; entre otros, son cosas que ya son habituales escuchar no sin un tono de alarma. La invasión paranoica, que bien han adoptado los medios de comunicación, no es distinta a la amenaza de guerra nuclear en la guerra fría, a la contingencia de la capa de ozono ni a las visiones de desastre profetizadas para el 2000 (aderezada con la estupidez del caos informático del ficticio Y2K).

Sabemos perfectamente que el arquetipo del final de los tiempos es parte connatural de nuestras culturas, y que se manifiesta bajo distintos enfoques dependiendo de la época. Hoy en día dicho modelo aparece definido bajo la fobia del calentamiento global. A la caída de los metarrelatos y de su finalidad histórica, y por sobre todo a la disipación del movimiento comunista ante el paradigma capitalista, el contrapeso y énfasis se puso en el surgimiento del ecologismo entendido como activismo en contra del monopolio de la industrialización. Ante la imposibilidad de apegarse a la vieja moda de la guerra fría, donde la división entre “buenos” y “malos” se podía establecer desde cualquier punto vista ideológico, el intelectual creó un nuevo campo para transferir dicha dicotomía y así legitimar su luchar contra los poderoso y, de paso, salvar el mundo y a la humanidad, como un superhéroe de Hollywood. Ante tal misión teleológica, toda opinión, disidencia o sospecha resulta descabellada, maliciosa e impertinente.

Por ello, es tan fácil pasar de una postura científica y lógica a una moral y sensible. Es la vieja lucha entre ciencia y religión, entre lógica y arquetipos. Los prototipos, para variar el nombre jungiano, pasan por sobre el pensamiento racional en cualquier tiempo, en cualquier lugar. Añada a ello la romantización que da la epistemología de Hollywood, con héroes que salvan el día de todos y que dramatizan el mundo aburrido en el que vivimos y que debemos aceptar a diario. Y además, a falta de un sentido, de una finalidad más allá del progreso, el cambio climático ha dado el cuadro perfecto a todos aquellos activistas que quedaron a la intemperie después de la caída del muro de Berlín. Por ello ha encontrado hostilidad y rechazo la postura contraria a la hipótesis reinante del CO2, que aduce que la actividad solar es la responsable en alto porcentaje de las alteraciones. Si usted busca una teoría global y holista, como está de moda, nada más convincente que el modelo de la cosmoclimatología, que supera en virtud de la de falsación (acuñado por Kart Popper) a la limitada conjetura de los gases de efecto invernadero.

Entendido que el debate ha pasado el umbral de la lógica y es dominio de la imaginería apocalíptica, contradecir la teoría del CO2 no equivale a negar que exista daño a los recursos que se van agotando, sino a pensar que nos estamos olvidando de las propiedades de todo sistema complejo. Nuestra sociedad narcisista, pulcra y escandalizada, no asimila aún que el planeta Tierra no es el centro del cosmos y que somos solo una partícula de polvo en contra del fondo del universo. El sol ocupa el 99.98% de la masa del sistema solar. Las emisiones de gases invernadero, en comparación a la influencia solar, es una nimiedad. Un estudio publicado por el National Geographic explica que las tormentas solares han propiciado que Marte tenga su propio fenómeno térmico. Estas investigaciones se dan bajo la premisa científica de que la explicación más sencilla es la correcta, y han explorado la posibilidad de la influencia del sol, ya que además de su gran masa, el astro es responsable directo de la regulación de la vida en nuestro planeta. Tras estas publicaciones no han parado de criticar a los científicos más que a los contenidos de sus trabajos, los cuales se ven bajo la lupa hiperbólica de la conspiración mundial.

Si pensamos bien, veremos que el asunto desafía al pensamiento científico, pero nomás. La teoría de la termodinámica explica que un sistema tiende a descomponerse, es decir, a desordenarse y ha reorganizarse. La relojería geológica de la Tierra tiene sus ciclos, procesos y ajustes independientes a los tiempos de nuestra especie. Ha habido numerosos cambios en el clima, desaparición y aparición de formas de vida. La misma sociedad nació presionada por las variantes de la naturaleza. Hoy en día el problema se reduce a la confrontación de fondo entre civilización y naturaleza. Lo que desparecerá será nuestra forma vida, no el planeta. El universo, desprovisto de sentimientos o psicología, es humanizado bajo la campaña ecologista de “salvemos al mundo” o la teoría de Gaia, que ve al ecosistema como un ser viviente, como si su sustancia fuera inmutable. La Tierra, como sistema entrópico, genera sus propios ajustes, independiente o a pesar de nuestra influencia. No hay que olvidar el calentamiento en la Edad Media, o las glaciaciones, o las bajas temperaturas entre 1940 y 1975, cuando se presentaron fuertes emisiones de CO2.

Las alteraciones del sistema Tierra, además, dependen de factores locales (posición en el planeta, época del año, viento, humedad) y externos (rayos cósmicos, posición de órbita, actividad del sol). Se sabe desde la termodinámica, de nuevo, que todo sistema está bajo la influencia de distintos factores que lo alteran o lo modifican, pero no lo destruyen. La mayor falacia de la hipótesis que ve a los gases de efecto invernadero como responsables del calentamiento global es que estima que si se controlan las emisiones de CO2 se regula el clima, como una fórmula mágica. Se sabe incluso que hubieron épocas donde hubo más acumulación de CO2 que hoy en día y que no fueron acompañados de un cambio climático. Pero desde los atractores de Lorentz, profetizar y aun controlar el clima es una de las tareas más quiméricas del medio científico. Lorentz explicaba que sólo se pueden obtener probabilidades, un gran número de ellas, sobre el comportamiento meteorológico y que dentro de ese rango nada se puede saber, como el comportamiento de los electrones de la física cuántica.

Si uno ignora la influencia de las tormentas solares, su alteración de campos magnéticos, o subestima el papel de las corrientes marinas y la mezcla de aguas frías y térmicas, o la salinidad de las aguas, o el complejo sistema de los vientos de ultramar, incluso el ciclo natural de expansión y contracción de los cascos polares (de ahí el derretimiento), así como la inclinación de la Tierra y sus órbitas, entre otros factores, como, claro, la contaminación, estamos más que perdidos en el mapa de las probabilidades. Tampoco se trataría de sumar estos elementos, ni restarlos, para obtener la panacea del buen clima. Son, como dije, equilibrios que dependen de una incalculable cantidad de interacciones que no necesariamente producen efectos previsibles, como el aleteo de la mariposa, sino un sinnúmero de probabilidades, incluso contradictorias, que pueden ocurrir.

No es que niegue que no haya un cambio climático, sino que dudo bastante, bajo mis legos conocimientos del fenómeno, que se pueda controlar el medio ambiente si se suprime un elemento de la ecuación (el CO2), como si fuera una receta alquímica. Lo que es verdad es que lo apocalíptico vende. Los medios se benefician e incluso, como se menciona en el documental Great Global Warming Swindle, contestación al sobrepublicitado An Inconvenient Truth de Al Gore, los científicos necesitan que haya un problema para que haya flujo de dinero hacia sus investigaciones e institutos. Lo cierto es que hemos sobrevivido a muchos apocalipsis: a la amenaza nuclear, al ozono, al año 2000 y, pronto, al calentamiento global. Pero una nueva amenaza ya se prepara en la caverna de los arquetipos y la publicidad escandalosa: la venida de Apophis, el asteroide 99942, que para el año 2029 nos visitará, pero que promete golpearnos para el 2036. Antes de ello queda una brecha que habrá que colmar. Quizás nos entretengamos para el 2015 con la obsesión de una nueva era glacial que siempre sobreviene después de un fenómeno térmico. En el documental Megafreezer, del History Channel, se plantea la posibilidad, con pruebas históricas, de que la nueva moda, tras el pasaje del calentamiento global, será la de una glaciación. Lo que me queda claro es que nos gusta adherir a nuestra perspectiva una buena dosis cinematográfica con lo que filtramos los eventos del mundo. Eso nos ayuda a dividir el complejo espectro social en “buenos” y “malos” sin cargo de conciencia, como si estuviéramos en una película de Marvel.

Pero veamos bien: si me subo a una bicicleta y dejo de lado mi auto maléfico, estaré sintiéndome mejor conmigo mismo porque, por un lado, lucho contra los supervillanos de las corporaciones que contaminan de más sólo por avaricia, ayudo a desarticular su conspiración para destruirnos, al tiempo que contribuyo a salvar a la humanidad; coartada perfecta para ignorar que en verdad no me preocupan otros asuntos, como la guerra o la injusticias locales, como la pobreza, la hambruna, el desarrollo en los países en vías, o los abusos contra los que son diferentes. Tal vez mi vecino sufra de discriminación sexual en su trabajo y ni me he enterado porque no me incumbe o simplemente no me interesa, puesto que estoy bastante ocupado salvando al mundo. Así, con esta nueva moralidad, narcisista y mesiánica, usted pasa de ser un pobre ciudadano, culpable de haber producido una crisis del clima mundial con la polución que origina (pero por necesidad, no por avaricia), a un redentor que sacrifica un poco de sus comodidades en nombre del futuro, en un mundo donde hay que derrotar a los “malos”.

Una ventana en el cielo

Hace un año exactamente publiqué mi primera reflexión en este espacio. Ha sido un periodo en el que me he encariñado con este lugar, perdido en la vastedad de la Web. Se ha convertido, permítanme la cursilería, en un segundo hogar. Al igual que pasa con la mayoría de lo que hoy en día se escribe y se piensa, mis textos ocasionaron polémica y se prestaron a malas interpretaciones; algunos simplemente no merecieron comentarios; en otros casos, opiniones reveladoras y sugerencias que quise atender con gusto y otras, por falta de dedicación, no pude llevar a cabo. Fue un año en donde tuve el gusto de ser leído por una audiencia informada y crítica, lo cual me ha alegrado. También en este blog hubo espacio para el cine, la política, la reseña, la explosión de Internet versión 2.0, y todo lo que tuviera que ver con nuestro presente. Hubo temas de los cuales quise hablar, pero me faltó el tiempo o se quedaron en el tintero por su extensión. Sobre todo, a finales de 2006, la publicación se espació por días, incluso semanas.
A pesar de ello, me siento muy contento con mi participación en la red del Club Chufa. A un año, pienso que he cumplido un ciclo como colaborador y es hora de retirarme. No es una despedida, porque tengo intenciones de regresar una vez termine con mis proyectos. Quizás no sea en este año, probablemente hasta el 2008, por estas mismas fechas. Escribiré en las cumbres de Escocia mi nueva novela y debo terminar una historia de los grandes poemas del siglo XX. Mis compromisos como académico, además, me obligan a viajar a Nueva York, Israel, Egipto, la India, China y Japón.
Mi intención hoy era hablar del holismo, de sus representantes más duros (Davidson, Sheldrake, Bohm, Prigonine, Pribram), pero ya llevo redactado medio post y francamente no podré lograrlo. Sin embargo, quisiera por otra parte cerrar este espacio con unas reflexiones análogas a las que iniciaron mis colaboraciones: el sentimiento de lo divino. Antes de irme, doy las gracias a mis lectores, a Hugo Medina, Carlos Pacheco y Luis Lope por la invitación tan atenta y a todos los que de alguna manera u otra se involucraron con el proyecto. Hasta pronto.



Los científicos han llegado a la conclusión, vía física cuántica, que un sistema, ya sea biológico, social o lingüístico, no se puede explicar mediante la suma de sus partes. Como epígono de la teoría del caos, el holismo expone que un fenómeno se comporta de forma distinta a sus partes porque implica tanto sus relaciones superficiales y evidentes como las posibilidades latentes y las propiedades imperceptibles. Para este método, es importante el “todo” en tanto entendido como la interdependencia de sus partes. Un ser humano es más que vísceras, sangre, carne y huesos.
El famoso pensador acuático, Maseru Emoto, ha realizado innumerables experimentos con el agua. La disciplina, que poco a poco gana terreno en el mundo de la ciencia, se denomina “holismo del agua” y estudia los cristales que se forman a nivel molecular. Las fotografías han revelado un diseño constante: formaciones de “pétalos” hexagonales, como si fueran copos de nieve; pero una séptima hoja surge cuando se emite una plegaria, rompiendo el patrón. Emoto, como producto de sus investigaciones, ha llegado a afirmar que el agua no sólo retiene información, sino que archiva “sentimientos y conciencia”. No sería bastante descabellado ya que el ser humano es 70% agua.
Por las fotografías de Emoto, sabemos que existe el agua “viva”, aquellas que presentan formaciones de cristales a manera de tréboles, mientras que el líquido desestructurado es aquel que ha sido sometido a un tratamiento agresivo, a agentes tóxicos o maltrato verbal. Emoto experimentó con dos sembradíos de arroz controlados en laboratorios: a uno lo sometía a sonidos apacibles, a frases amorosas y a oraciones de todas las religiones del mundo. Al otro, lo expuso a descuido, a ruidos estridentes y a groserías. La segunda se murió rápidamente y la primera creció saludable. No es raro: hay música que nos pone de buen humor como si fuera un hechizo y otra que simplemente nos molesta.
Emoto sugiere que un ser humano puede sanar mediante la oración, la paz que le brinden sus allegados y en un ambiente tranquilo. Obviamente todo ello se queda en el terreno de la especulación, pero no deja de ser una idea sorprendente. Son innumerables los testigos alrededor del planeta que hablan de milagros de sanación mediante plegarias. No sólo eso: es una tradición mundial. En todas las religiones hay referentes espirituales de curaciones. Las más famosas en el cristianismo son cuando Cristo elimina la ceguera de un anciano y, hazaña hermosa, vence a la muerte al hacer que vuelva a la vida una pequeña. El universo mismo surge de las aguas turbias del caos a través de un acto verbal. Si los estudios de Emoto son comprobados, nuestra palabra podría recobrar su primitiva fuerza sagrada.
En un clima político de recelos, donde los discursos de los poderosos son cada vez más huecos e ineptos, y en donde la publicidad “corporal” hipersexualizada ha establecido su filosofía de frenesí, el sentimiento de lo divino ha sido desalojado paulatinamente. Escriba en Google la palabra sex y pulse enter: obtendrá más de cuatrocientos millones de entradas. A pesar de ello, aun hay espacio para la meditación precaria o para las voluntades de los enamorados. El amor, ese extraño invasor que, como dice Sor Juana en una de sus décimas, se parece a un caballo de Troya, es una sensación que escapa a la racionalidad. Para Descartes, el alma habitaba misteriosamente en el hipotálamo; Edelman ha escrito que en algún lóbulo frontal se localiza el concierto de las neuronas que construyen al amor; mientras Francis Crack ha hecho una reconexión inaudita entre vías de spines que comunican esta facultad humana. Nadie ha podido comprobar sus teorías, pero todos hemos vivido la pasión del amorío.
En un tema reciente, "Window in the Skies", U2 canta de nuevo a la divinidad originaria de nuestra especie y pregunta si acaso no hemos visto lo que el amor ha hecho con nosotros. De estirpe bíblica, la canción habla del amor como una fuerza universal actuante que anima a la materia. No sólo eso, también la destruye. Por eso, en uno de los versos más precisos, advierte el enamorado que: “can’t you see what love has done to every broken heart”. A pesar de ello, de la angustia y el horror, de las cicatrices que nos han marcado, de la guerra, del incremento exponencial de la miseria, de las enfermedades mortales, de la sinrazón de la intolerancia y los muros que se levantan para separarnos, el amor, canta U2, ha dejado una ventana abierta en el cielo. Sólo hay que voltear a verla y asomarse ahí, a los misterios de nuestro corazón cerrado. Porque en la decisión de amar a alguien está nuestra única posibilidad de hacernos totalmente libres.


En busca del Rebis

Sin embargo, Jorge Cuesta es el poeta más hermético del grupo de Los Contemporáneos. En 1964 Miguel Capistrán y Luis Mario Schneider editaron la primera compilación de los poemas y ensayos de Cuesta. Paz dijo que en él “hasta la locura es inteligencia” y lo vio como su mentor poético y ensayístico. Sus amigos lo llamaban con un verso de Baudelaire: “El más triste de los alquimistas”, y con justas razones. Su sueño era convertirse en violinista, pero ya instalado en la Ciudad de México renunció a la música para emprender la carrera de Química, la cual terminó, pero nunca presentó sus tesis. Se unió en 1924 al “grupo sin grupo”, al “archipiélago de soledades” como le gustaba decir a Villaurrutia. Cuatro años después, cuando prologó la Antología de la poesía mexicana moderna, tuvo que enfrentar las críticas de los estridentistas, liderados por el ya casi olvidado Manuel Maples Arce.
Cuando crea la revista Examen, una de las más rigurosas de la estela mexicana, Cuesta intercambió puntos de vista con el exterior, para ser precisos con La Revista de Occidente de Ortega y Gasset y con la cosmopolita Nouvelle Revue Francaise. Un conjunto de cartas delatan una relación incestuosa con su hermana, quien era amante del poeta de “Nocturno”. A mediados de los años treinta, trabajando en unos laboratorios, Cuesta experimentó con diversas sustancias y se cuenta que consiguió retardar considerablemente la maduración de los frutos, aunque su ambición era impedir que envejecieran. Incluso se aduce que inyectó en su propio cuerpo tales enzimas. A partir de allí, se inclinó por los estudios gnósticos y se obsesionó, como Paracelso, con el elixir de la vida.
Bajo esta influencia es que concibió una de las obras más impenetrables y ambiciosas de la poesía en lengua española, su “Canto a un dios mineral”, el cual redactó junto a Gorostiza, cuando éste escribía su esplendente “Muerte sin fin”. Desde el título se infiere que ese dios mineral no es más que la piedra filosofal, el Rebis, el ser de los ambos sexos. Formalmente, el rigor del “Canto…” es impresionante, pero coherente con el procedimiento de un alquimista: 37 estrofas de 6 versos, que cumplen con la regularidad silábica y rítmica de la silva. A pesar de ello, el poema está incompleto: los últimos tres versos fueron escritos delante de los enfermeros que lo iban a trasladar al hospital psiquiátrico, su última morada. Miguel Capistrán reveló que hubo un error y que la versión que todos conocemos posee dos estrofas mal acomodadas, pero hasta hoy ninguna editorial se ha atrevido a publicar el poema de forma correcta y, peor aun, ni siquiera se sabe cuáles segmentos están desordenados, fuera del crítico que hizo el hallazgo.
Estudiosos como Panabiere, Nigel Sylvester y García Ponce han notado con acierto que el “Canto…” y los sonetos de Cuesta son panoramas áridos, una expresión que se abre a la “nada metafísica” y que es un “juego interrogante formal” (Ponce dixit), es decir, un espejo frente a otro espejo. Incluso Nigel Sylvester reconoce que no entiende esa esterilidad, la cual ve como una evidencia de la falta de pasión del poeta. Tales posturas, sin embargo, no son del todo negativas si pensamos que el paisaje farragoso de Cuesta posee su antecedente en la famosa “inanidad sonora” de Mallarmé, o aún más en el arte barroco, y pienso en la luminosidad obnubilada de Luis de Góngora.
La primera estrofa del “Canto…” habla del albedrío: “Capto la seña de una mano, y veo / que hay una libertad en mi deseo”. Esa “seña”, principio volátil y elemento que metaforiza lo efímero y lo inconstante, se opone a “la mano”, elemento sólido y fijo, permanente. Todo el poema intenta y logra la unión entre los principios que representan la seña y la mano. No sólo eso, también está el verbo “ver”: la mirada viajará y contemplará las transformaciones exteriores de la materia, pero a pesar del caos errabundo que se percibe, el poeta alcanzará la transmutación total. Después habla de “el agua la espuma prisionera / de la masa ondulosa”, y que no es otra cosa que el inicio de la Gran Obra, el principio de lo que Jung llama el flujo cósmico de la circulatio, activado por la acción mercurial (el agua). La voz, obsesa, tratará de penetrar en la naturaleza del tiempo, en esa sinuosidad de lo “onduloso”, para descubrir la forma final del Rebis, que sintetiza los opuestos.
La enorme empresa alquímica de la silva se desarrolla por varias etapas: el viaje por el mundo de la experiencia empírica, el reconocimiento del caos, la conexión del microcosmos con el macrocosmos, la muerte alquímica donde el primer proceso de blanqueado fracasa, la disolución del plomo, luego el viaje del sueño y su descubrimiento como el atanador de la Gran Obra (donde prueba esos “sabores oscuros” o está “en sombras desasido”), la iluminación vía el lenguaje poético, en donde se amalgama su análisis (solve) y lo han llevado a la coagula entre roca y agua. De ahí que “cedan formas alumbradas”, el dorado filosofal.
El poema termina hablando de una “creciente esfera” donde se fija el lenguaje nacido de la síntesis o coagula. Esa lengua “es el fruto que del tiempo es dueño”, el que escapa al amorfo desorden de la primera estrofa. No es necesario que explique que la imagen de la esfera remite al mito platónico del andrógino, sumo estado de perfección. En el “Canto…”, el Rebis, la entidad doble, es, como Mircea Eliade ha explicado, una restauración simbólica del caos, el regreso al estado de completitud y armonía. Cuesta, en una carta enviada al doctor Lafora en 1940, confiesa que ha intentado inducirse transformaciones andróginas. El poeta que tuvo estas visiones padeció una muerte horrenda. Antes de quitarse la vida, llevó a sus últimas consecuencias su obsesión con la búsqueda del Rebis: en la oscura caverna del internado, se cortó los genitales.

Apocalypto

De todos es sabida la ambivalencia de opiniones que desatan las películas de Mel Gibson, aunque en realidad todo parte del pretendido antisemitismo de La pasión. Es un común denominador de la crítica del buen gusto, más miope que aguda, más idelista que esteta, tratar de convencerse y convencernos, con motivos exógenos, que un film tiene como obligación resolver los defectos políticos del mundo. Por ello, Apocalypto es tachada de parcial, imprecisa y sanguinaria; lo cual es extraño que sorprenda cuando la mayoría de las producciones cuentan con su buena dosis. Parcial, porque no enfoca a los mayas matemáticos y astrónomos, inventores del cero. Imprecisa, porque Gibson no es riguroso como los historiadores académicos, aunque en la escena final si es verdad que comete un atropello que salta a la vista. Y sanguinaria porque muestra los sacrificios humanos, la caza y el destripamiento de un tapir y el ataque de una pantera, a ojos ciegos de Hostal, Saw, La masacre de Texas o la más reciente y sobrevalorada El laberinto del Fauno.
Que sea una visión parcial no debe molestar. Se sabe de antiguo que toda narración es selectiva; por ello mismo no podemos censurar Edipo u Othello, alegando que muestran una parte “negativa” de la alta cultura griega y de la vida militar inglesa. Por cierto, ahí viene 300, basada en la novela gráfica de Frank Miller que narra la batalla de las Termópilas, y esperemos que los críticos le exijan con tal frenesí la misma compostura aséptica. También se ha dicho que Apocalypto muestra los sacrificios fuera de contexto, lo cual no es verdad. Queda demasiado claro que el holocausto servía para saciar la sed de los dioses y así ponerle fin a la sequía y a la plaga que los atosigaban: es decir, renovar el ciclo del universo. De hecho el asunto era más sanguinario, porque las inmolaciones eran una forma cultural asimilada, así como lo es para nosotros tener un trabajo para subsistir o hacer una familia. Las tres acusaciones principales parten de un procedimiento equívoco e hipócrita. Apocalypto no busca dar clases de astronomía maya, ni pretende ser un documental o libro de historia, tampoco un reivindicador de los derechos indígenas; de hecho, si hubiera optado por serlo, se le vería como paternalista e incluso, exagerando como los intelectuales de la asepsia, ¡de intervencionista!
Es más simple: estamos ante una ficción. Dentro de estos términos obviamente hay fallas visibles, como la camaradería de fraternidad universitaria con que se bromean los protagonistas en las primeras escenas o las múltiples licencias literarias que se interpretan como errores que quedan bien con las disertaciones doctorales, no con un film. También a esta lista se suman los innumerables clichés de una persecución final inverosímil, que me recordó a Die Hard.
Sin embargo, la cinta toca las alturas de lo metafórico. La niña posesa, por ejemplo, cumple la función del oráculo y, al mismo tiempo, se emparenta con la escena bíblica de Legión, quizá por eso el título alude al cataclismo del Apocalipsis, de la tradición cristiana y que es coherente con la labor destructora de los conquistadores. Además la niña habla en clave simbólica, como en el libro final de los cristianos. Más allá de ello, la intromisión oracular establece la estructura cíclica, y ésta es la imagen por antonomasia del mito. Incluso es coherente con sus motivos clásicos: la salida del hogar, el regreso furtivo, la transformación del protagonista y la renovación; al mero estilo homérico. Aún más: la película nos la cuentan desde el inicio, en boca de la susodicha niña. La escena de la caza del tapir nos remite al mismo desenlace: como en el mito, el ciclo se cumple.
Asombra que la presencia de la selva se haga imperceptible, como en las novelas de Rómulo Gallegos, o en La vorágine de Eustasio Rivera, donde al final los personajes son depredados y engullidos por su fuerza invisible que ha estado latente. La idea de lo sagrado en Apocalypto, coherente con el mundo precolombino, tiene su raíz en los enigmas que plantea la naturaleza. De ahí el miedo del protagonista: ¿le pertenecemos o podemos vivir separados de ella? ¿Podemos olvidar que estamos hechos de su sinfonía? Al final, el protagonista sugiere la idea de que debemos volver al origen para un nuevo comienzo, quizás para nunca olvidar que nuestro presente, igual o más sanguinario que el de los mayas, corre el peligro de desaparecer destruido desde adentro de su frenesí, como nos advierte el epígrafe. Quizás esa meditación le haga falta a nuestra pretendida “alta y exquisita cultura”: retornar a los misterios de la vida para redefinir, en esta época de muerte e intolerancia global, de dónde venimos y hacia dónde vamos.

Thanatos y el sueño

Junto con Velarde, Xavier Villaurrutia pertenece al exclusivo canon de poetas de inicios de siglo XX mexicano. Al igual que el escritor de Jerez, Villaurrutia se nutre de los clásicos barrocos y del conceptismo; pero a diferencia de éste, se apega muchísimo a la imagen surrealista como método de conocimiento. Aunque veía con ciertas reservas al Velarde nacionalista, siempre se adivina una cierta admiración hacia el virtuoso del verso y las sensaciones, valor poético que llevó hasta sus últimas consecuencias (Salvador Elizondo dixit). Becario en Yale, el lírico de la nocturnidad renunció al campo del Derecho para dedicarse a la literatura. Junto a Salvador Novo, Jorge Cuesta, Jaime Torres Bodet, Gilberto Owen, Carlos Pellicer y José Gorostiza formó el polémico grupo de Los Contemporáneos. Exhibiendo una retahíla de argumentos contra los filósofos nacionalistas, tipo Reyes y Vasconcelos (aunque éste era amigo de juergas del buen Owen), Los Contemporáneos se aglutinaron alrededor de la idea del cosmopolitismo, leyendo y traduciendo a Novalis, Baudelaire, T. S. Eliot, Mallarmé, Rilke, Reverdy, Valery y Supervielle, entre más. Cada uno de ellos, incluso, se identificaba con alguno de ellos a nivel personal y estético: Novo con T. S. Eliot, Cuesta con Rilke, Gorostiza con Valery, Owen con Baudelaire y Villaurrutia con Novalis, del cual escribió un ensayo deslumbrante, aunque también sentía una atracción hacia Supervielle, el fantástico poeta surrealista del agua y los dioses nocturnos.

Como una galería inverosímil, los poemas de Villaurrutia, obsesionados con los lugares claroscuros, yuxtaponen objetos y sensaciones donde el momento epifánico surge. “Nocturno” contiene la mayoría de los motivos villaurrutianos y se sostiene sobre el delicado equilibrio entre Eros y Thanatos, lo apolíneo y lo dionisiaco, pero vistos, en contra de la percepción habitual, como dos caras de una misma moneda. Las cinco estrofas van fluyendo como una savia mística hacia el deslumbramiento de lo inexpresable. Primero la descripción de la suave llegada de noche. La primera estrofa nos toma por sorpresa: la noche posee voluntad en virtud de la personificación. “Dibuja” el placer y el vicio: ambos revelan.

Sigue el silencio, que de igual forma prepara la atmósfera de la epifanía, puesto que extrae las esencias de las cosas, de ahí que el humus del cuerpo no tenga nombre o, más bien, trascienda el reino de la palabra. Continúa en la tercera estrofa la prefiguración del deseo que se satisface y deja de ser carestía. Después la paulatina cesación de la actividad consciente. En la cuarta estrofa el sueño asume la apariencia de un súcubo, lo que no sería extraño ya que a Villaurrutia le fascinaba entablar el paralelismo entre lo diabólico y lo onírico. Ahí mismo ocurre la eucaristía negra: el sueño se hace carne.

Finalmente, después de la cadencia con que se ha desarrollado el poema a lo largo de cinco estrofas, la voz poética cruza el umbral en el que ha quedado suspendido y comprende el sentido de la noche. Las vías oscuras, casi órficas, identificadas con esa voluntad que aparece en los primero versos, que es “silencio” luminoso, se ha apoderado de su ser y lo ha llevado al éxtasis. El eufórico “¡Todo!” con que inicia la sexta estrofa es la autoconciencia de que el cuerpo, en un estadio de receptáculo de fuerzas telúricas, posee el sentido de que el sueño es una imagen breve de la muerte, como se creía en la antigua Grecia. No por nada Morfeo es hijo de Hipnos y Nix (la noche), y hermanastro de Thanatos. Aún más: tanto Sócrates como Aristóteles creyeron en la naturaleza divina de los sueños y en su capacidad reveladora. No es otra la dirección que va tomando la intromisión de los influjos nocturnos.

El poder devorador de lo oscuro le revela a la voz poética que la cesación, que alimenta a la vida (esa sangre vuelta savia en sus venas), es una presencia omnipotente. Este lapsus es cuando podemos abrirnos a la actividad del inconsciente y así abandonarnos al deseo corporal, a Eros, pero de igual forma es penetrar en los enigmas del siniestro dios Thanatos. La tensión entre ambas dimensiones, entre lo erótico y la muerte, que Freud ha sabido ilustrar como nadie, es sobre la que se sostiene el frágil orden de la idea de “civilización”. Si se reprime la pulsión de Eros, si acallamos la líbido, se permite la perpetuación de las jerarquías: la made y el hijo no pueden desearse sexualmente, todo en pro del orden patriarcal. De lo contrario, ocurriría el caos, como en la tragedia de Edipo: el triunfo de la destrucción y Thanatos. La pulsión de muerte es para Villaurrutia cruzar el umbral de lo mundano, de la imposición moral. El sueño, como transubstanciación, es una réplica liberante de las restricciones que nos transporta al más allá extático, donde se cancelan los protocolos de la vida cotidiana. Sin embargo, el plano que se sitúa más allá del umbral de lo consciente es inefable. El último verso necrófilo, que ilustra la imposibilidad de comunicar el “Todo”, lo impensado, convierte al silencio del durmiente y del cadáver, por igual, en una epifanía que se eleva por sobre el mundo del lenguaje y sus restricciones.

La aldea global de Iñárritu



Al fin pude ver Babel, la tan festejada cinta del director mexicano Alejandro González Iñárritu. El tema es el de la desgracia global. Las tensiones se desatan mediante el distorsionado “efecto mariposa” de la teoría del caos, aunque la mayoría de críticos, como Fernanda Solórzano de Letras Libres, adjudica la trama a una lógica meramente causal. Una mariposa aletea en Brasil y produce un tornado en Croacia. Un niño dispara un rifle en Marruecos y desencadena una alerta terrorista mundial. Una causa no necesariamente propicia un efecto previsible.
Babel carece de un final contundente o, mejor dicho, plantea distintas opciones para rehuir al cierre clásico. El director puede optar por una resolución cruda, como en sus Amores Perros, o por el “happy ending” tan disfrutado por la mayoría de las audiencias. En lugar de eso decide un final flotante, a manera de comodín. Al parecer quiere quedar bien con el establishment norteamericano sin por ello fallar a su público mexicano y latinoamericano. El film en realidad aspira a contener en su corpus la cantidad de cuatro películas: la historia de los niños y el rifle; las desventuras de la pareja de turistas en Marruecos; la chica sordomuda con problemas de autoestima que intenta saciarlos vía libido, y el drama de la niñera maternal en la frontera de Tijuana. Para cada uno de ellos hay un desenlace adecuado: un niño muere bajo el fuego de la corrupta policía marroquí, la señora es deportada a México sin ningún miramiento; mientras que los esposos superan sus problemas físicos y sentimentales, al igual que Chieko y su padre, quienes logran entenderse en la cima de un edificio de apartamentos: en el éxtasis de la región más transparente.
Es lo justo: los personajes del primer mundo tienen esperanzas y motivos para seguir vivos; los otros terminan en tragedia, negados y en el olvido. La película explora cómo es que los mass media distorsionan los sucesos: en las noticias y a todas horas se dan reportes de la pareja supuestamente atacada por anónimos terroristas. Retrata con frialdad estos mecanismos de paranoia tan característicos de la cultura norteamericana, que se prolonga a la escena cuando los guardias fronterizos acosan a Santiago y a su madre, maltratándolos como si fueran criminales. Un suceso que comienza como un desafío entre hermanos para probar el alcance del rifle (y saber si no fueron timados) se trasforma en una asunto de seguridad nacional para Estados Unidos: quizás por eso actúan así los policías de la frontera, bajo la influencia de las noticias que les llegan de Marruecos y la consecuente alerta de su país. Ocurre todo lo contrario cuando es asesinado uno de los hermanos, borrado totalmente por la superposición del final feliz de los esposos estadounidenses.
El personaje de Chieko, el más logrado a mi gusto, vive en el centro de una vorágine hormonal que trivializa las pesquisas de los agentes nipones. No sólo eso: su drama sería menor si no nos percatáramos que Chieko es la personificación de todas las desgracias de incomunicación global que el film asume. En pos de comprensión, Chieko se topa con la pared fría de la discriminación y el desconcierto que inspira en los demás. En lugar de saltar del balcón, como supuestamente hizo su madre (aunque se infiere que el rifle que su padre regala al marroquí es la pieza suicida y por ende queda en mácula) le da una nota al agente del cual desconocemos su contenido, en homenaje a Lost in Traslation, y termina haciendo las pases con su padre.
Mientras, Santiago escapa de las patrullas fronterizas, su madre y los dos pequeños se internan en el desierto donde casi perecen. La niñera es deportada y la diplomacia mexicana brilla por su ausencia ante la prepotencia con que los oficiales actúan. La misma suerte corre el pastor y sus hijos, víctimas de la injusticia y de la indiferencia de los que consumimos las historias que transmiten los noticieros. De un destino paralelo escapa la esposa convaleciente, atrapada con su esposo en un pueblito inaccesible por culpa de la ineptitud diplomática que sólo ha servido para retardar su traslado a un hospital.
Finalmente, como un deus ex machina, el poder omnipotente de Estados Unidos restablece el orden de las cosas. De misma forma la intervención de los detectives japoneses, presionados por los eventos presuntamente terroristas ocurridos en Marruecos, terminan por resolverle la vida a Chieko. La suspicacia que se ha construido alrededor del evento de la bala perdida le estropea la vida a la protagonista mexicana y a la familia marroquí. Un claro ejemplo de la hegemonía ideológica norteamericana. El director, evitando la ironía, ha sabido otorgarnos dos tipos de finales acordes con la imaginería del primer y el tercer mundo, que termina siendo una salida pudorosa con la finalidad de rehuir cualquier deriva polémica.
Implícitamente, se privilegia el “happy ending” por sobre el tremendismo que viven los personajes del tercer mundo, aunque aspira a no defraudar u ofender a ningún público aludido. Su film inevitablemente articula la concepción de que los males de la humanidad, en el trasfondo, se subsanan en algo si nos apegamos al modo de vida esperanzada, feliz y segura que sólo los países de primer mundo pueden ofrecer. No es para menos: es la clásica visión de los vencedores sobre los derrotados. Ésta es la premisa y el constructo de la película de Iñárritu y, por lo mismo, su versión del mundo globalizado.

Hormigas y pecado

En 1919 se da a conocer uno de los poemarios más importantes para la poesía mexicana: Zozobra, de Ramón López Velarde. Quizá el tono de esta columna sea un poco extraño para el lector vernáculo familiarizado con los versos del poeta de Jerez, pero para mí su poesía exhibe una resonancia perfecta. Hablante de la lengua inglesa, cada vez más me seduce la precisión y la ráfaga de los sonidos que potencia el español. Gracilaso, Herrera, Boscán, y los clásicos Quevedo, Góngora y Lope de Vega siempre me han parecido inexplicables en virtud de sus obras maestras: nadie tan excelso como este grupo de artistas para llevar al límite el concepto y la sonoridad de su lengua. López Velarde pertenece a esta estirpe, junto a los Contemporáneos y a la Generación del 27, que retomaron las vías de la disciplina formal. Más aún: se convirtió para estos maestros en una ascética.
Raramente comentado, su poema “Hormigas” es uno de mis favoritos en lengua española. Tiene un extraño influjo en mí y creo que no he sido el único abatido. Daniel Sada, por ejemplo, cuando tuve la gracia de conocerlo me contó su pasión por esos versos. Recitaba, entre muchos otros, “Hormigas”, pero con un tono peculiar que resaltaba los acentos, los relieves de cada una de las palabras y salta, por ello, la contundencia de las esdrújulas.
La crítica ha dicho que es uno de los poemas más crueles de Velarde, aunque en el fondo late la influencia de Góngora y la antigua filosofía del “carpe diem” o, mejor dicho su complemento original: “memento mori”. La imagen de las hormigas, como sangre y ardor de la pasión amorosa, insta a la dama a pensar en el día de su muerte o, peor aún, en el momento en que se acabe el encono que el poeta siente y ya nadie sea capaz de fijarse en ella. Lo que equivale a decirle que se abandone al deseo, a las hormigas voraces.
El poema está escrito en alejandrinos, que antaño también se les ha llamado “alejandrinos eclesiásticos” (Velarde tiene un poema que se titula así), ya que originariamente en la época medieval servía al mester de clerecía para cantar sobre temas morales y religiosos, generalmente para enseñar las varias trampas del pecado y sus castigos. Velarde los utiliza para aleccionar, en una sociedad cerrada como lo era la provincia mexicana de inicios de siglo XX, sobre la soberanía del amor y su corolario, la consumación carnal. Tal cambio de signo en la poética alejandrina se ha interpretado como influencia parnasiana, vía modernistas como Leopoldo Lugones y Julio Herrera y Reissing.
Es evidente la conciencia formal y simbólica de Velarde. Como se nota en la hipálage y primera aparición de las hormigas: “Un encono de hormigas en mis venas voraces”. “Hormigas” y “voraces”: sustantivo y adjetivo separados por “venas”. De inmediato notamos una perturbadora obsesión con el cuerpo, de estirpe baudeleriana. Esa invasión a los sentidos y a la intimidad es la paulatina conciencia de que el deseo erótico lo inunda febrilmente. Más adelante nos damos cuenta que la posible relación carnal queda en el plano de lo posible y es cuando la cruenta realidad de lo no realizado se impone.
El motivo del “estar fuera de sí”, inventado por la gran Safo, plantea las acciones amorosas del enamorado como realizadas en pos de un bien supremo: por supuesto, el amor puro. Eso son las hormigas: una presencia pasional que obliga al poeta a desear y ensimismarse en la carencia, pero visto en su justa dimensión, en pos de un amor impío y por ello desesperante.
Aunque los versos apuren a la amada a consumar el acto sexual, flota el aroma amargo y trágico de la muerte. Pocos poetas han expresado ese sentimiento de ser mortal por el sentido del olfato; Velarde advierte a su mujer que cuando se avecine la hora definitiva “ha de oler a sudario y a hierba machacada, / a droga y a responso, a pabilo y a cera”. El resto del poema alterna las posibilidades: pueda que yo muera y ya nadie te ame o a lo mejor ella muera sin darse al placer. Para Velarde, la consumación carnal es un deseo pecaminoso que implica un justo castigo, de ahí la crueldad del poema: por razón de amar a un cuerpo mortal, como pensaban los doctores de la Edad Media, el poeta ha renunciado a la única virtud suprema a la que puede aspirar un ser humano: amar a Dios.


Hormigas

A la cálida vida que trascurre canora
con garbo de mujer sin letras ni antifaces,
a la invicta belleza que salva y que enamora,
responde, en la embriaguez de la encantada hora,
un encono de hormigas en mis venas voraces.

Fustigan el desmán del perenne hormigueo
el pozo del silencio y el enjambre del ruido,
la harina rebanada como doble trofeo
en los fértiles bustos, el Infierno en que creo,
el estertor final y el preludio del nido.

Mas luego mis hormigas me negarán su abrazo
y han de huir de mis pobres y trabajados dedos
cual se olvida en la arena un gélido bagazo;
y tu boca, que es cifra de eróticos denuedos,
tu boca, que es mi rúbrica, mi manjar y mi adorno,
tu boca, en que la lengua vibra asomada al mundo
como réproba llama saliéndose de un horno,
en una turbia fecha de cierzo gemebundo
en que ronde la luna porque robarte quiera,
ha de oler a sudario y a hierba machacada,
a droga y a responso, a pabilo y a cera.

Antes de que deserten mis hormigas, Amada,
déjalas caminar camino de tu boca
a que apuren los viáticos del sanguinario fruto
que desde sarracenos oasis me provoca.

Antes de que tus labios mueran, para mi luto,
dámelos en el crítico umbral del cementerio
como perfume y pan y tósigo y cauterio.